Taxi driver

Erotismo

Tu mismo, pero no llevo dinero le dijo bajándose la mascarilla y mostrando unos carnosos labios, la verdad es que el taxista que llamaremos Ricard ya se había fijado en sus grandes ojos de aquella cara de plato, casi que se alegró de tener que negociar desde este estado de privilegio, el había realizado el servicio y tenía que negociar el pago …

También influyó la rabia acumulada en contra de su marido, su furia era tanta, que no le importó infringir algunas reglas básicas de fidelidad, era consciente de su bonito cuerpo, con buenos senos redondos que destacaban con su cintura y unas provocativas caderas, pudo haberle puesto los cuernos a su marido varias veces, incluso con sus propios amigos, pero nunca había querido traspasar esa línea pero ahora no solo estaba decidida, le apetecía hacerlo, de hecho llevaba un billete de 50 €, pero quiso probar a ese hombre que no dejaba de mirarle por reojo a través del espejo retrovisor interior.

Ricard debe tener unos 35 años, se puede ver fibroso a través de su camisa de manga corta blanca está bronceado pues le gusta apoyar el brazo en la ventanilla, es alto, atlético y de muy buena presencia, pues tiene una de esas sonrisas contagiosas de hombre que no ha roto nunca un plato, por eso fue el incauto escogido, la víctima propicia el hombre correcto que nunca hubiera querido nada con ella ni con ninguna otra, ahora lo tenía atrapado con un dilema moral, si la dejaba escapar no vería un duro y aquella mujer esa tarde, había discutido con su esposo después de una nueva pelea pues ya llevaba varios días de presentarse en casa de madrugada con síntomas de haber pasado por el bar.

En eso llamé a un taxista y me enviaron a Ricard, llegó a recogerla a los quince minutos exactos. el tiempo justo para ponerse un vestido negro cortito, por encima de las rodillas, con un escote amplio, no se puso sostén y sus pezones se traspapelaban en la tela del vestido, vio el lenguaje corporal de Ricard, gestos y miradas furtivas, en el primer semáforo se bajó y se subió en el lugar del copiloto, cuando me subí a su lado, no le dijo que estaba muy bella, y esto aún la enfureció mas, le preguntó

¿Dónde la llevo?

Ahí fue cuando se derrumbó y empezó a llorar,  se refugió en sus brazos que el por cortesía no rechazó, le fue contando con pelos y señales las infidelidades de su esposo y que quería estar lejos de la casa que la llevara a algún lugar donde no hubiera mucha gente. Los ojos de Ricard se abrieron y arrancó el auto para llevarla luego de quince o veinte minutos a una carretera secundaria que daba a un mirador desde el cuál se podían ver todas las lucecitas de la ciudad y la oscuridad del mar al fondo.

Ahí fue donde le dijo que no podía pagarle la carrera, quería ver si aun ejercía algún tipo de atracción irrefrenable en aquel comprensivo y sorprendido conductor de taxi, pero ante todo hombre muy atractivo.

Por primera vez en mucho tiempo notó una tormenta eléctrica dentro de su cuerpo, la cuerda tensa de un arco a punto de soltar su flecha, esperando una palabra o un gesto cómplice …

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