¡Abducción extraterrestre! (O lo que m*erdas haya sido)

Relatos Eróticos

©2021 Stregoika

Esto me ocurrió cuando tenía 14 años. Ahora tengo 46 y apenas puedo narrar lo que sucedió, pues sigo asombrado como si hubiese sido ayer.

Un cansón viaje de seis horas nos había dejado el culo sin raya. La finca quedaba en un apartado lugar de Tolima, cerca a la ciudad de Líbano, pero no lo suficiente para que pudiera considerarse un lugar ‘civilizado’. Allí había apenas un puñado de casas de campesinos y sus respectivas tierras con alguno que otro cultivo, animales de granja e interminable extensión de monte andino. A donde se mirara, yacían montañas húmedas cubiertas de selva color esmeralda. El lugar donde nos quedaríamos, era una casa de un piso, de ladrillo, con cuatro camas en una habitación y un baño, pero lleno de alimañas. Solo se debía usar de día, porque de noche se corría el riesgo que un insecto se te metiera por el culo.
Yo iba de invitado, pues la finca pertenecía a la familia de mi amigote por aquella época. Aunque eso de ‘invitado’ es mucho decir. Más bien, iba de mascota. Alejandro era el típico ‘chacho’ del curso. Había tenido de novias a todas las bonitas de grado noveno, y por aquella época de nuestro viaje, llevaba poco de haber empezado su vida sexual (lo cual era el promedio en los 90’s) y no cabía en los chiros por eso. Yo, que tenía la misma edad, nunca había tenido una novia, ni había besado ni mucho menos tocado a una mujer. La verdad es que tenía más presencia un martillo de bola.
Ya entienden, imagino, el porqué de ‘mascota’. En muchas cosas yo era inferior a él: Su familia tenía plata, él era atractivo y tenía vida amorosa, social y sexual. Y yo, era muy pobre, callado y solitario. Es más, su hermana Isabela era mi amor platónico, y mi hermana era fea como verruga.
Él le había rogado a su padre que le dejara llevar a la finca a ‘Tony’, su perro, un enorme labrador. Pero al señor no le gustaba encartarse con este durante el largo viaje, por latoso y por cagón. No obstante le dijeron a Alejandro que podía llevar un amigo, para no aburrirse.

Para aceptar la invitación tuve que superar algo muy difícil que me había hecho él. Yolanda era una chica de mi barrio, muy linda. Ella me hablaba porque yo le hacía las tareas de Inglés y de Ciencias. Si no fuera por eso, Yolanda habría sido solo otra de las trescientas que hundían la cara cuando me veían con intención de saludarlas.

Una tarde, coincidimos los tres y tuve la terrible idea de alardear de Yolanda con Alejandro, como para decirle “mire, en mi vida también hay muchachas bonitas”. Exacto, eso que se están imaginando, ocurrió. En cuestión de minutos, se sonrieron, se olvidaron de mí y terminé haciéndole la tarea a Yolanda, solo, en el comedor de mi casa, levantando la mirada a veces para verlos flirtear en la sala. Al otro día, Alejandro y Yolanda ya se habían besado. El estómago aprieta tanto que dan ganas de hacer del dos.
¿Ahora quiere que yo sea ‘al amigo con que va a la finca’ para no aburrirse? ¡Qué coma mierda! Bueno, eso digo ahora, que han pasado treinta años. Pero a los 14, la misma falta de carácter que me ponía a hacerle las tareas a Yolanda, me hizo decirle a él “¡Listo, vamos!”. Nobleza inagotable: Yo prefería pensar que la invitación era su forma de ofrecer una disculpa, a darme cuenta que me llevaba igual que llevar un perro. Cuando acepté, creo que me vio batiendo fuertemente la cola y saltando con mis patas delanteras.

Puro monte. El cielo estaba gris oscuro y pesado como plomo. Nos bajamos del Toyota Land Cruiser del 82. Yo tenía la espalda y el cuello muy cansados por haber viajado de lado. Además, la prioridad para el uso del espacio en el carro la tenían los paquetes, así que no había donde poner los pies, por lo que venía acurrucado sobre la silla. Pero, yo todavía iba de buen humor.

   —Don José, Don José, llega apenas pa’ que vea las luces en los cerros —dijo un hombre que estaba aguardando nuestra llegada.
Don José rió y asintió, pero distrajo al campesino poniendo un pesado televisor crt en sus brazos.
—Este le muestra más luces y más bonitas —le respondió, refiriéndose al aparato.
El señor trató de decir algo más, pero Don José le tapó la cara con un costal lleno de víveres que puso sobre el televisor. El hombre, si apenas pudo con el peso y tuvo qué andar a descargarlo adentro.
—¡Eso! Trabaje que así, ocupado, no ve luces —concluyó el padre de mi amigo, sacudiéndose las manos y mirando al vacío.
Todos en aquella familia eran así, prepotentes y arribistas. Yo, me identificaba más con el campesino, por su humildad y por lo de las luces. Si yo hubiese tenido más edad y carácter, habría interrumpido el que lo cargaran como a una mula para preguntar de qué ‘luces en los cerros’ hablaba.

Más tarde, ya para dormir:

   —¿Cuáles luces decía el señor? —le pregunté a Alejandro.
—¡Ah! Es que es de esa gente zoca que cree en duendes y leyendas y maricadas de esas.  Desde hace poquito andan con el cuento aquí en la vereda, dizque hay luces en los cerros. Se están fumando el eucalipto estos hijueputas.
Me pregunté, qué necesidad tenía de ser tan peyorativo. Sentía que así como era con cualquiera, podía ser conmigo, y eso me hacía sentir como un idiota lame-zuelas. Pero era aún peor que esa pregunta me la hiciera en la privacidad de mi mente, en vez que se la planteara de frente.
—¿OVNIs? —pregunté.
—¡Esa mierda! —apuntó con tal tono despectivo que casi escupe.
—Yo una vez vi un OVNI cuando era chiquito, estaba en el atrio de la iglesia, con mi mamá… —me atreví a contar.
Alejandro se incorporó para mirarme. Aguzó los ojos como si quisiera golpearme. Pero yo, ingenuamente seguí:
—…Y todo mundo señalaba par arriba. Era un disquito que apenas vibraba, muy muy alto…
—¿Usted también cree en esa mierda? —preguntó como si quisiera trasbocar.
Pero antes que yo pudiera procesar su escupitajo y responder algo, alzó la voz y se dirigió a su padre, sin quitar su vomitiva expresión de encima mío:
—¡Papá, que Lucho también cree en extraterrestres! Hay que hacerle una cama en la casa de Aurelio, para que se duerman buscando lucecitas.
La carcajada de Don José fue de la intensidad necesaria para que se pedara. Con la risa de su padre, Alejandro se sintió satisfecho, parpadeó para retirar las pupilas de mí y volvió a acostarse.

Yo solo veía el tejado por debajo y escuchaba los grillos. Hacían tanta bulla que casi molestaban. Pensaba en que había sido un error ir allá. Estaría mejor en mi casa. Como era tan joven, solo podía sentirlo, pero por falta de recorrido en la vida y de lectura, no podía descifrarlo para analizarlo: Estaba pagando el precio que fuera por ser ‘normal’ y tener amigos.

—Lucho ¿Está dormido? —susurró Alejandro.
—No —repliqué, con sequedad.
—Vamos a andar por ahí. Yo dormí un montón en el carro y no tengo sueño.
Claro, él sí venía en el asiento del copiloto.
Antes de salir, agarró lo que quedaba de una penca de bananos, la partió en dos y me extendió una de las partes.
—Agarre —dijo.

Afuera había solo tinieblas. Ni siquiera podía verse el cielo, cosa que ingenuamente esperaba, puesto que en la ciudad es difícil ver estrellas y quería aprovechar estar en el campo para ver un buen cielo estrellado. Pero el cielo seguramente seguía acorazado en nubes  turbulentas. Lo único que podíamos saber del mundo, era lo que alumbraba una linternita en la mano de Alejandro, que mostraba una sección de suelo tan pobre que si apenas alcanzaba para caminar.
Nos sentamos en el muro de piedra que separaba la propiedad del camino. Nos pusimos a fumar. La situación estaba como para relatar historias de terror. Lástima que Alejandro fuera un aburrido, él solo tenía una cosa en mente, y fue de lo que habló:
—Anoche me comí a Yolanda —soltó, como si tal cosa.
Yo me atraganté con el humo de mi cigarrillo.
—Qué tetas tan severas. Y me dijo que nos volviéramos a ver —agregó.
Para decir eso último, se alumbró la cara, para asegurarse que yo viera su expresión sobrada. Luego chupó el cigarrillo con fuerza, apretando los párpados. Entonces soltó el humo como si la cantidad de este simbolizara su orgullo.
El mal-parido no tenía la mínima capacidad para predecir cómo podría sentirse otra persona, por eso actuaba tan indolente en todo. Yo, ya estaba otra vez con esa punzada similar a las ganas de cagar, pero él seguía relatando:
—Nos quedamos de encontrar en la cuadra, pero nos fuimos a donde Samir, que me prestó las llaves de la pieza que quiere arrendar. Nos tomamos dos cervezas y la empecé a besar. Entonces le toqué le culo y ella me quitó la mano de una, pero la empecé a besar con más fuerza. Todavía tenía la botella en la mano y teníamos puesto a Jerry Rivera. Y, parce, si viera, la nena me empujó en la cama ¡güevón! Como si fuera a violarme. Se quedó viéndome con esa carita de ninfómana, y se puso a bailar con la botella en la mano. Uhy, baila muy ¡sensual! Qué rico, me puse más a mil todavía. Llevaba una faldita como de cuerina, de esas holgadas, cortica ¡marica! y cuando bailaba daba unas vuelticas todas ricas y se le subía ¡uff! Bailaba y tomaba cerveza sin dejar de mirarme con esa carita de “ven y me culeas”.
»Duró bailando toda la canción, parce. Y cuando se acabó, se arrodilló en la cama y arrastró las rodillas hasta hacerse encima mío. Olía a sudorcito, pero no ese sudor así hediondo, sino rico, tibiecito… ¡Agh! No sé si me entienda. Y cuando se acaballó en mí ¡uhy loco! Fue como si me soplara en la cara, pero no con la boca sino con… con la vagina ¿si? ¿Usted sabe a lo que huele una mujer mojada? ¡Y todavía tenía la puta botella medio llena en la mano, y no solo eso! ¡Empezó la otra canción y ella seguía bailando encima mío! Uff, qué nena tan linda. Usted no me lo va a creer, pero yo ahí boca arriba y ella sentada bailando encima mío, pero yo le miraba ¡los ojos! ¡Pero qué ojos verdes y cómo miran con tantas ganas! Y lo lindo que se le ven como brillan igual que ese pelo claro, parcero… ¡severa nena!
»Y fue cuando me dijo: “Abre la boca” y empezó a echarme cerveza. Tomaba un traguito yo y otro ella. Nos la acabamos pero ¡seguía sin soltar la puta botella y bailando! Me tocaba hacer de tripas corazón porque se sentía tan rico encima de mi pantalón ¡que creí que me iba a venir! Entonces me preguntó “quieres ver algo especial” y yo le dije “¡sí!”. Y viejo, yo lo pongo a adivinar y usted dura un año y no adivina lo que ella hizo: ¡Se empezó a masturbar con la botella! Primero pasó los pies para adelante, se subió la falda, se corrió el calzón y ¡se empezó a frotar el pico de la botella en la raja! Yo me pasaba las manos por la cara, güevón. Es que ¡todavía no lo puedo creer! ¿De dónde sacó usted a esa vieja, Lucho? Tiene qué contarme todo lo que ha hecho con ella.

“Hacerle las tareas” dije en mi mente. Luego él siguió:

—Como gemía: Aspiraba aire con fuerza entre los dientes y lo soltaba diciendo “uhy”. Y se empezó a meter el cuello de la botella. Ahí, encima mío, con los cucos corridos para un lado, recorriéndome con la mirada y ¡bailando!
»Después de un rato me dijo: “¿Quieres de esto?” y yo le dije “sí” y me dijo “pues tienes que estar más duro y más rico que esta botella”. Parce, nunca había conocido una vieja tan candente. ¡Uff! Le dije “no te vas a arrepentir”. Fue entonces cuando haló la botella pero la hijueputa no salió.
—¿Cómo así?
—La haló y la haló pero no salió. Entonces le dio como rabia, y dijo “jueputa, otra vez” ¿si me entiende? ¿En qué se la pasa esa vieja? Le tocó quitarse de encima mío y me dijo “toca romper esta botella”. ¿Sabe por qué?
—No.
—¡Porque la botella hizo vacío! O sea, como cuando usted se acaba la gaseosa y queda con la boca pegada a la botella.
—¡Mierda!
—“Esto pasa a veces, pero no es sino romper la botella y ya” me dijo. Entonces se paró con la botella colgándole, güevón, se hizo contra la mesita de noche y le ¡dio a la botella! Dijo “listo” y se la sacó.
—¿Cómo? ¡No entiendo!
—Le rompió el culo a la botella y entró aire. Entonces pudo sacarse el cuello de la botella de la chocha, sin problema. Marica, yo estaba ahí parado sin saber qué decir, ni siquiera saber qué pensar. Y así, pasmado, ella se arrodilló y se puso a mamármelo. Le pregunté “¿Estás bien?” y con mi verga en la boca dijo, o intentó decir “ajá”.

Alejandro volvió a alumbrarse la cara para mostrarme su asombro. Luego terminó:
—Yo nunca había tenido una experiencia así. Uff, yo creo que a mí me pasan las cosas más locas güevón. Debo ser único en el universo —agregó, con una zocarrona risa.
Pero yo me sentía fatal. Una combinación entre asombro, ansiedad, envidia y depresión. Si al menos fuera una historia normal, un polvito de adolescentes tímidos, pero no: Cada experiencia de él superaba la anterior y ya hasta superaba el porno tradicional. Y contaba sus experiencias con lujo de detalle a un pobre virgen. Un año más adelante iba a echarse nuestra directora de curso. Me gustaría que conocieran la historia en detalle, pero sería mejor que las hubiese contado él, pero lamentablemente no se le daba escribir como se le daba ligar. Y lo de Yolanda era cierto, pues semanas después me enteré que sí era muy viciosa. Era de las nenas que participaban el los concursos de camisetas mojadas secretos en un bar del barrio. Ah, y tenía un pobre güevón que le hacía las tareas.

—Y ¿usted qué, Lucho? ¿Qué de nenas? —me preguntó él, arrojando la colilla todavía encendida de su cigarro, trazando una chispa en la oscuridad.
Maldito tema de conversación, cómo lo odiaba.
—Nada.
—¿Cómo que nada? O sea “nada” en qué ¿sentido?
“Y acaso ¿cuántos sentidos puede tener la palabra ‘nada’? ¡Güevón!” pensé. Pero no dije nada.
—Yo sí, en cambio, la paso fenomenal —volvió a aderezar su apunte con una risilla—. Vamos pa’dentro que ya tengo frío.
Claro, solo quería ser escuchado y alardear, quizá. Nada más. Emprendí camino tras él, cual la mascota que era. Pero, súbitamente, algo llamó mi atención, más grande que cualquier botella entre la vagina de una preciosa adolescente y más grande que mi propia soledad: Una luz hizo círculos encima de las nubes, a gran velocidad, y luego se perdió en línea recta hacia la inmensidad.
—¡Mire! —grité.
Cuando Alejandro volteó, yo señalaba el cielo, que ya no tenía nada. Él, durante el primer segundo, subió la mirada pero de inmediato desistió y dijo:
—Ah, sí, no me crea güevón y ¡póngase serio!
Pero yo al fin estaba dispuesto a hacerme valer. Apreté los puños y preparé mi discurso, dí un paso al frente e iba a empezar a hablar, pero… resbalé y caí. Acababa de pisar una cáscara de banano. Alejandro se dobló para atrás para impulsar la explosiva carcajada. El muy hijo de puta, a diferencia de mí, no conservó en la mano las pieles de los plátanos sino que las había arrojado por el camino.

Isabela subía las escaleras que conducían a su apartamento en el barrio, y yo iba detrás de ella. No sabía que cantara tan bien, jamás había visto el mínimo atisbo de dote artística en esa familia. Cantaba Love me tender, y me traía más enamorado que nunca. Tuve el descaro de creer que cantaba para mí, aunque iba adelante y las escaleras eran bien empinadas. No podía ver su cara, pero sí su jugoso trasero. Llevaba shorts de jean negros, pero algo llamó más todavía mi atención: Los tirantes de color rojo sangre de la prenda iban colgando sobre su cuerpo en forma de tanga. No parecía tener sentido, excepto que ese color rojo entallando sus partes íntimas fuera algo simbólico… Ay no ¡mierda! Otra vez estaba soñando. “Sí, ya sé, el culo de Isabela es prohibido para mí. Mejor me despierto…
Qué monumental contraste. A Alejandro, una bella chica que conoció un día antes le hacía un show metiéndose una botella por la cuca, y a mí, mi subconsciente me humillaba recordándome que aquella a quien deseaba, no estaba permitida.

No sabía la hora. Todavía estaba totalmente oscuro. Sentía las frazadas envolviéndome con su arrulladora suavidad, y respiraba aire ligeramente frío. Pero no veía nada, en absoluto, como si no tuviera ojos. Por otra parte, ya no tenía ni una pizca de sueño y me sentía mal. Si bien, a Isabela ya la había asimilado como un amor imposible, a Yolanda no. Pero aun así Alejandro llegó primero, sin competir, sin haberse inscrito a la carrera.
Pasaron decenas de minutos y yo solo parpadeaba y contemplaba la negritud y escuchaba los insectos. ¡A la mierda! Me levanté, agarré la linterna y me salí a andar. Creo que es lo más independiente a mi naturaleza ‘mascotil’ que hice en años. Con solo abrir la puerta, el zumbido eléctrico de los insectos nocturnos aumentó de un estallido. Alumbré el camino empedrado y avancé. Estaba dispuesto a andar tanto como fuera posible. Algunos bichos se atravesaban fugazmente en el chorro de luz. De vez en vez alumbraba yo los alrededores, debido a la paranoia que me provocaba la oscuridad. ¿Qué había oculto en ella? ¡Nada! La débil luz de la linterna sólo revelaba la penumbra de árboles.
La sensación de perdición me hizo caminar más de la cuenta. La lucecita de la lámpra tocó el portal de la finca. Solo era una puerta de tablas que interrumpía la cerca de cabuya y horcón. Como estaba envalentonado, salí de la finca y anduve por el camino destapado durante largo rato, usando como guía los rastros de neumáticos que estaban labrados sobre él.

Ya sabía bien qué hacer. El sol saldría y yo me regresaría por donde había venido. Simple, como sumar 2 + 2. Estaba por preguntarme si acaso pasé sin percatarme al lado de alguna saliente del camino (o varias) y estuviera en enorme riesgo de perderme, al no saber qué camino agarrar cuando hubiere luz. Quería dilucidar un plan, pero… los grillos se callaron. Los primeros dos segundos estuve solo atento a ver qué pasaba, pero luego acepté que era real y empecé a figurarme qué diablos había sucedido. El repentino silencio me hizo sentir más solo que nunca. ¿Habría caído una nube repentina de químicos de fumigación? ¿Me habría metido sin saber en un área restringida? ¿Moriría de esa estúpida manera? Disparé luz en torno pero solo veía arbustos y el suelo del camino maltratado por llantas de vehículos. Apunté la linterna hacia arriba y creí haber alumbrado las nubes. ¿Tanta potencia tenía la linterna? ¿Estaba soñando todavía? ¡Qué fastidio! Volví a empinar la linterna y se vieron los cúmulos de nubes refulgiendo como lava. Presentí lo que ocurría y apagué la linterna, pero aquella luz persistió ahí arriba. “Ay, carajo ¡las tales luces!” me dije.

Lo siguiente que recuerdo es haber atravesado una cerca, andado por un rato más en medio de la oscuridad y el silencio, y haber subido a un cerro. No fue algo que haya decidido hacer, fue como si siguiera un guión, o como si recibiera instrucciones.

Había pasado tanto tiempo que de seguro, Don José y Alejandro ya estaban denunciando mi desaparición. Pero, de forma extraña, yo no sentía miedo. Solo estaba atento. Desde que los bichos nocturnos hicieron silencio, parecía que yo no podía sentir miedo. Ni si quiera entonces, que estaba recargado sobre un plano inclinado, similar a una mesa y de un material parecido al metal, por su brillo y dureza, pero no por su calidez. No sabía qué había sido de mi ropa y de la linterna. Y tampoco sabía a qué horas había entrado en esa estancia, ni recordaba como era esta ‘por fuera’. ¿Se trataba de una instalación en lo alto del cerro al que había subido? ¿Era tal cosa un transporte y estaba viajando a alguna parte? Las paredes parecían muy lejanas. Eran paneles blancos rebosantes de luz, e igual el techo. “¿Por qué no siento miedo? Debería estar cagándome del terror” me pregunté. Y luego razoné “Bueno, al menos todavía puedo pensar”.
De entre la abundante luz, una figura cobró forma y volumen. No se sabía bien si siempre estuvo ahí y se materializó de repente o emergió de algún agujero invisible. Se veía como cuando ves con los ojos cruzados, pero después de un rato ya se veía lo que era. Un ser de baja estatura, cabezón, ojón y de piel ocre. Avanzó a lentitud hipnótica hacia mí. Traía algo en sus manos, como un instrumento con un chuzo. “No me va a meter eso por el culo ¿o si?” me pregunté. Afortunadamente, lo que hizo fue pincharme y sacar sangre. Luego se fue y desapareció de forma equivalente a como había aparecido.

Después de un rato apareció otra vez el pequeño ser (u otro, no sé) acompañado de otra criatura. Esta era humanoide, también, pero de mayor estatura, probablemente de mi altura. Tenía cara de gata, tetas y cabellera de mujer y manchas como de leopardo. Sus caderas eran de locura. Cuando se acercó más, vi que era muy velluda, pero que el color de sus vellos era claro. Solo tenía unas líneas de vello oscuro que salían de su cabeza y recorrían sus brazos y dorso hasta unirse, dos en el pubis y otras dos en larga cola de angora. Sin duda, era una hembra de un híbrido entre felinos y humanos.
El pequeño ser la condujo como con un control remoto. Ella andaba como zombi a su lado. Una vez llegaron mi puesto, el pequeño presionó otra vez un botón en aquél dispositivo. Tomó una cadena que había debajo de mi mesa y la enganchó a un collar que tenía la mujer-gata, el cual yo no había visto debido a su abundante melena. Una vez hecho el vínculo, el pequeño retrocedió. Ya desde la distancia, a la cual se veía desenfocado, apuntó su control a la felina y presionó. La femenil gata, entornó los ojos y ‘despertó’. Volví a pensar que, debería estar muriéndome de miedo, pero en vez de eso, no podía quitar mis ojos de esas caderas y de esas prodigiosas tetas. Enormes, como para agarrar cada una a dos manos y, lo mejor, no eran pechos caídos, sino redondos como pequeñas sandías. ¿Cómo es que esa criatura podía parecerme bonita? ¡Sí, me parecía bonita! Como cuando me quedaba viéndole los ojos a Yolanda o la figura a Isabela.
Y no sentí miedo ni siquiera cuando esta criatura abrió los ojos, despertó de su estado de control y gruñó. Su primer reacción fue de huida, pero dio un fuerte halonazo a la mesa donde yo estaba prisionero, a través de la cadena. Una vez se percató de su inevitable cautiverio, se escondió bajo la lámina donde yo estaba. De forma inesperada, pude levantar la cabeza. Busqué al pequeño pero ya no estaba. Quizá yo mismo había estado también bajo control y acababa de ser liberado. Pero no quería huir. En mi mente no había miedo, solo una incontenible curiosidad y, desde hacía unos segundos, una gran compasión por aquella sexy gata, y un irreprimible deseo por ella.
Me bajé de la mesa y me asomé debajo. Allí estaba esta bella criatura, acurrucada y asustada. Me clavó su mirada amenazante y gruñó otra vez. No sonaba como una mujer imitando el rugido de una fiera, sino como un cachorro de león. Le sonreí y extendí mi mano, a lo que ella respondió con un zarpazo. Vaya que tenía uñas afiladas. Mi sangre dibujó unas florecillas en el piso. Además, tuve una extraña sensación de ira, como si así, secuestrado y empeloto, fuera capaz de destruir a aquella criatura con solo desearlo.
Sin que pasara un segundo, una pequeña esfera blanca se interpuso entre nosotros, flotando. Llegó a gran velocidad y emitió de su interior un chorro de luz que dirigió hacia mi sangre en el piso. La desvaneció. Luego dirigió la luz a mi mano y la dejó como nueva. La mujer-gata le gruñó a la esfera y quiso darle zarpazos también, pero esta los esquivó todos y finalmente se marchó.
Yo, tenía que tomar una decisión.

La ira destructora que surgió en mí cuando me aruñó el dorso de la mano, estaba compitiendo fieramente contra la compasión que yacía previamente. Yo observaba a la mujer-gata bajo el mesón metálico y trataba de organizar mis ideas y mis sentimientos. ¡Pero qué silueta de locura tenía esa criatura! Ahí agachada, las caderas parecían aún más hinchadas. Y cómo se le veían esas piernas largas como de gimnasio. ¡Pero me había atacado! Por otra parte, ya no había dolor, pues aquella máquina me había curado.
La criatura me miraba con prevención, y lentamente, en mi interior, la ira perdía la batalla. Sentía cada vez más atracción y ternura por aquella mujer-gata. Estiré mi brazo lentamente hacia ella, con la casi seguridad que aquella esferita graciosa me atendería en cualquier caso. Ella mostró los dientes sin producir sonido. Empezamos a medirnos mutuamente. Después de un rato, logré poner mis dedos en su melena. Pero sentía que si avanzaba un milímetro más, me la mordería. Ya no me miraba a mí sino a mi mano. ¿Y si la esferita solo podía curar heridas menores? O si simplemente ¿no regresaba? Me arriesgué y seguí dejándome llevar por mis ansias de ganarme su confianza. Decidí quitar su atención de mi mano, para los que empecé a cantar. Susurré con confianza las letras de Love me tender. Logré que sus ojos se olvidaran de mi mano y se conectaran con lo míos. Avancé con mi mano mientras cantaba y logré enredar mis dedos en su melena. Ella solo se encogió un poco cuando sintió el contacto. Acaricié su nuca y ella cerró los ojos. Seguí cantando y transmitiendo más ternura con las caricias. Ya tenía su confianza, luego el paso a seguir era seducirla. Sí, quería hacer el amor con esa criatura.

Avancé con mis rodillas y hacia el final de la segunda repetida de la canción, estuve sentado a su lado. Qué increíble, se sentía tibia y ronroneaba. Durante un momento apretó entre su hombro y su quijada a mi mano consentidora. Parecía que nunca hubiese recibido afecto. Entonces puse mi otra mano y… ¡caramba! En pocos segundos la había sacado de ahí y la había tendido sobre el mesón. ¿Cómo había yo aprendido a hacer eso?
Se me ocurrió que podría estar soñando, como con el culo de Isabela cercado por tirantes rojos (como diciendo stop) . Quizá, al fin a y al cabo, sí me había metido sin saber en una zona restringida por fumigación y todo aquello era una loca epifanía que estaba teniendo mientras agonizaba tendido en el frío suelo del camino. ¿O no? ¿Por qué era tan real?
Contra todo pronóstico, estaba yo ahí, recorriendo con las palmas de mis manos el cuerpo de una criatura de aplastante belleza. Ella estaba como embelesada por un extraño poder, que, aún más increíble, era mío. Un poder que desconocía tener o que esos seres ojones de piel color arena habían instalado en mí como instalarle nuevo hardware  a un computador.
Ella estaba boca arriba, estirándose y recogiéndose como un resorte, ronroneando y aruñando la superficie de la mesa. Mis manos hambrientas se deslizaban sobre su provocativa figura: desde los tobillos hasta las caderas, desde el vientre hasta los senos y desde los hombros hasta los costados de su cara de gata. En mis noches de insomnio y perenne soledad fantaseaba de forma recurrente con que, algún día Isabela fuera mía, y hacerle el amor con tal poesía y pasión que ella se enamorara de mí sin remedio. Tal poesía y pasión, según mi infantil imaginación, provendrían de que Isabela sería la primera mujer que tocare, y por ello la devoraría de rodillas. Pero, ahí estaba yo, no tocando a la primera mujer de mi vida, sino a esa criatura no humana, una espectacular mujer-gata. O sea que la poesía y la pasión eran mayores a lo que esperaba. Duele aceptarlo, pero ‘qué Isabela ni qué nada’.
Cuando mis manos se hubieron saciado del tacto, subí mis rodillas a la mesa y fue mi boca la que empezó a recorrerla. Su tenue vello corporal era muy suave y sedoso, y su cabello tenía los mismos frondosidad y encanto de los de una mujer, incluso superior. Al tocarle los enormes senos, tuve una monumental erección, de esas de magnitud tal que al moverte, sientes como un peso que te tira del cuerpo. Una pequeñísima parte de mí cuestionó el que sintiera ese deseo tan marcado, por una criatura no humana. Pero era tan pequeña dicha parte, que su criterio no importó. Al siguiente instante ya estaba yo levantándole las piernas a ella para colgarlas de mis hombros. La forma en que ella cooperaba era fantástica, casi romántica. La penetré.

Vaya manera de perder la virginidad. Y Alejandro se ufanaba de que le pasaban las cosas más locas del universo. Pues debía vivir en un universo muy chico.
Bombeé sin parar, y sin dejar de presionarla a ella contra mí, usando mis manos en sus caderas. Ella también apretaba, usando sus piernas en torno a mi cintura. ¿Acaso quería partirme a la mitad? También: ¿Cómo podía llegar tan adentro, y sentirse tan desquiciadamente bien? ¿Tan suave y calientito? Su vagina se movía como se mueve la boca cuando se te va salir la baba —porque viste algo sabroso— y metes los labios para succionar el exceso de saliva. Una, otra y otra vez. Mi consciencia si apenas alcanzaba para contener todo lo que estaba sintiendo, que incluía el impacto por perder la virginidad, de esa manera específica, la inexplicable ausencia de miedo, la lujuria desbocada, la ternura por aquella bella mujer-gata, y el placer casi metafísico de estar en el coito con ella.
Cambié mis manos a sus tetas y rostro. Me le acerqué como para besarla, quería hacerlo. Su rostro era casi humano excepto por la separación vertical desde su labio superior hasta el lóbulo de la nariz, sus colmillos, y la forma de sus enormes ojos con pupila lunar. Metí mi cara en su cuello y presioné fuerte por un minutó más. No aguanté, y dejé en ella mi semilla humana. Ambos respiŕabamos copiosa y ruidosamente. Ella ronroneaba, además. Parecía que tuviese una maraca metida en la garganta.

Después de un minuto de increíble éxtasis, retiré mis manos de su rostro y seno izquierdo, para apoyarme de la mesa, movimiento al que ella reaccionó con increíble violencia. Ignoro qué clase de contorsión hizo, pero presionó con sus pies mi cadera para impedirme salir y se revolcó con migo prendido, ya no gruñendo sino rugiendo. Hubiera muerto inevitablemente, pero ella fue ‘apagada’ y descargó su peso inerte encima de mí. De pronto se separó cuidadosamente de mí y se puso de pie, con las manos atrás. El hombrecillo de piel color sílice oxidada re-apareció y la liberó de la cadena. A continuación se fueron los dos.

Me sentía, como se dice vulgarmente: ‘vaciado’. Obviamente todo el procedimiento tenía como objetivo la extracción de mi esperma, para algún experimento in vivo con la fantástica mujer-gata.  Como comprobé que seguía libre de control exterior, me puse de pie. Pero no tenía nada más qué hacer, puesto que estaba desnudo y no conocía la salida de ese lugar.


—Has sido un magnífico semental —me dijo una voz femenina.
—Ahora tienes derecho a saber —dijo otra.
Eran voces que esculcaban en lo más hondo de la memoria humana, en una parte tan profunda que ni siquiera uno mismo es consciente de lo que hay allí. La dulzura de esas voces era tal que evocaba nada menos que el amor, la protección y la compasión de la madre. Aunque traté de resistirme, a sabiendas ya que ellos lo controlaban a uno, no pude. Sentí un corrientazo agradable desde la planta de los pies hasta la coronilla, que luego se devolvió y llenó el corazón. Imagina recibir la noticia más buena que pueda tu mente concebir, por fantasiosa que sea. Imagina esa felicidad, ese amor. Quizá solo en sueños (o en otro planeta) sea posible.
Igual que los otros seres, las dueñas de estas majestuosas voces aparecieron, primero como entes desdibujados por la distancia y el exceso de luz, y luego definiéndose lentamente. Eran dos criaturas, femeninas también, tan altas que mi coronilla igualaba sus pechos. En toda su magnitud, eran mujeres, pero no eran humanas, eran otra cosa. Si la mujer-gata era algo así como una creación de ellos, algo alterno al humano, pues estas mujeres eran algo superior. Ángeles, o Diosas, si quieren. Sus cabelleras llegaban al suelo: Casi las arrastraban. Sus proporciones eran demasiado estilizadas, cuello y extremidades muy largos, y unos rostros cuya belleza no creo ser capaz de poder describir. Sus cuencas oculares eran enormes, y en ellas habitaban ojos con miradas tan tiernas que hipnotizaban. Es como si la posición natural de sus caras, fuera una perpetua sonrisa leve. Sus pupilas eran adorablemente redondas y negras como las tinieblas. Al recordar sus rostros, supe qué hacia tan especiales a estos seres: Parecían niñas. Sí, niñas. Tenían una ternura rebosante en su expresión, como cuando una pequeña de 8 años te mira con gratitud. Pero no eran niñas, por su estatura, por sus senos de quinceañera y por sus caderas despampanantes.
Sus pieles eran blancas como la yuca cruda. Una tenía tatuajes simétricos en lo alto del pecho y en los antebrazos. La otra no tenía nada. La de los tatuajes, tenía cabello negro. La otra tenía cabello rojo como el fuego y una tenue capa de pecas en su cara y el lo alto del pecho. Como si hubiesen sido sacadas de un molde estirado, la unión de sus labios vaginales también se veía como una hendidura tentadoramente larga.

—Cada vez es más difícil aparear a Celinka —dijo la pelirroja.
—Y cada vez que hay éxito, el semental recibe un premio —dijo la otra.
Tal parece que yo sí estaba bajo control y que no tenía permiso de hablar. Hubiera querido preguntarles mil cosas, pero no logré ni abrir la boca.
—Celinka es una criatura muy especial. Ha desarrollado neuronas capaces de percibir lo que pasa por las neuronas de otros organismos —explicó la de los tatuajes, rodeándome y observándome.
Incluso levantó uno de mis brazos para verme el costado. Mientras seguía inspeccionándome, la otra tomó la palabra:
—La mayoría de ustedes que traemos para que se apareen con Celinka, se asustan. Y los que no se asustan y no se reprimen, logran desearla, pero como animales.
—Celinka no es un animal. A ella le gusta ser amada. Y creo que tú acabas de comprobarlo —dijo la otra.
—Ella sintonizó tu compasión y tu afecto, y tuviste éxito en aparearte.
“¡Pero iba a matarme!” grité con el pensamiento.
—Sí, iba a matarte porque es una gata —dijo la de los tatuajes, dando la espalda intempestivamente—, por eso el ambiente de los cruces es controlado.
—Tu especie es primitiva. Hay muy pocos machos como tú, y las hembras prefieren aún a los machos más primitivos —dijo la pelirroja, poniendo las manos atrás—. Pero desde ahora serás aceptado.
Dicho eso, ambas volvieron a ponerse lado a lado y anduvieron de vuelta a la lejanía.
—Hay pocas posibilidades de que recuerdes esto, y todavía menos de que creas que fue real —dijo una de ellas, justo antes que sus figuras empezaran a difuminarse.

El primer ser humanoide regresó y me apuntó con ese extraño control. Caí de espaldas como un bulto.

Recuperé el movimiento lentamente. Y al moverme, me di cuenta que tenía la ropa puesta, y que lo que me sostenía era suelo vivo, probablemente con marcas de llantas de vehículos. Mis oídos se llenaron del canto de grillos, estridente como maquinaria. Me incorporé y me di cuenta que nada me dolía, pero sí había una sensación inconfundible: Seguía sintiéndome ‘vaciado’. Busqué al rededor con el pie, con la no espuria esperanza de hallar la linterna. La encontré. Alumbré al rededor y vi aquella cerca que pasé (?) para subir al cerro (?).
Yo no iba borracho y no consumía drogas. Lo de la fumigada seguía siendo lo más plausible, aunque eso no me habría llevado a una complaciente traba semi-zoofílica con eyaculación y paradero desconocido del semen, sino a una muerte horrible. Además, no parecía haber pasado un solo minuto desde esa misteriosa silenciada de los bichos montesinos. Simplemente anduve de vuelta, encontré sin mayor esfuerzo la finca, entré a la casa, me acosté sin ser descubierto y dormí.

Soñé con Isabela. Ahora yo iba al lado de ella, y ambos cantábamos. Al terminar de subir, ella emprendió carrera adentro del apartamento, se giró y me llamó con un coqueto movimiento de dedos. Reparé en su ropa: Tenía el mismo short negro, pero no los tirantes.

De regreso a Bogotá, lo primero que dijo Alejandro, cuando nos bajamos del campero de su padre, fue:
—¡Ayude a bajar el recado, que no lo sacamos solo a pasear!
Lo siguiente debería ser, la risa estrepitosa de los presentes, Don José y un par de primos de él. Pero antes que se doblaran para atrás para darle fuerza a sus risas explosivas, yo respondí:
—No, ni mierda. Voy a descansar, porque vengo mamado de viajar de lado y con los pies encima de la carga.
Le mostré el dedo medio y me fui para dentro de su casa. Las risas salieron de cualquier forma, pero para él. Hasta Isabela apareció, riendo decentemente a ojo cerrado.
—Hola Isa —la saludé, dándole sin necesidad de permiso, un beso en la cara, muy cerca a la boca.
No esperé si quiera a ver su reacción, sino que seguí mi camino al baño. Cuando salí, ella estaba aguardándome con una cerveza espumosa y fría en un vaso, puesta sobre una charola.
—Me pareció escuchar que llegaste mamado, Lucho —me dijo, interpretando su sonrisa y ladeando la cara.
Recibí la bebida y la levanté antes de tomar, en señal de gratitud. A continuación escuché a Alejandro quejarse desde donde estaba:
—Y ¿Por qué a nosotros nos trajo la cerveza en la botella?
—Usted vive acá y ¿no sabe dónde están los vasos? —dijo su padre.
Las carcajadas de todos sus primos reventaron como piñata.

Si el día a día configura cómo se porta uno y lo que obtiene de su forma de ser, pues a mí, Celinka, en una sola noche, fuera del tiempo y del espacio, me dio la experiencia que necesitaba para dejar de ser un animal de compañía. Alejandro, ni por más recorrido y chacho que fuera, igualaría nunca mi experiencia. Por el contrario, necesitaba algo que le enseñara humildad.
Jamás me olvidé de Celinka ni de sus amas, la pelirroja y la tatuada, damas que elevaban la feminidad a niveles místicos y con quienes todavía sueño. ¿Serán acaso solo sueños?

Y espero poder contarles algún día de mi historia de amor, sexo y pasión con Isabela. Si una mujer-gata extraterrestre iba a matarme por querer ‘sacárselo’ ¡imaginen lo que podía hacer sentir a una mujer!

Fin

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *