Camila y el Karma

Relatos Eróticos

Una relación mal vista es denunciada. Pero, cuando alguien ataca a otros por lo que hacen, es porque tiene algo peor qué ocultar.

© Stregoika 2021

1 – Camila

Camila Báez era una chica adorable, de ojos negros grandes y abrigados por cejas tupidas, tan negras como su cabello liso y que lucían como tejidas con una enorme paciencia sobre su delicada piel. Tenía nariz de dorso fuerte y sonrisa tímida. Siempre llevaba el cabello amarrado en una coleta, con una cinta opaca, siempre, ya que nunca cometería el exceso de usar algún color. La fúnebre cintilla agarraba su melena, excepto dos mechones rebeldes que siempre preferían la libertad y terminaban adornándole los lados de la cara. Camila estaba constantemente poniendo dichos mechones sobre sus orejas. Nunca duraban allí más de dos minutos. Quien tuviere la fortuna de conversar con ella, la vería con una frecuencia casi molesta, estar quitándose los mechones de la cara. Y el afortunado en cuestión vería de igual manera el cutis de ella, ligeramente brilloso en uno que otro punto donde la luz hallara por donde rebotar, debido a que era una adolescente. Por ejemplo, en la cima de sus pómulos o en su frente lisa. Su boca color escarlata era de tal carnosidad que se podían contar con el ojo desnudo los pliegues de sus labios. Pero ella se daba cuenta, ahogaba una risilla y retrocedía, volviéndose a poner el mechón detrás de la oreja. Se sentía apenada porque, alguna vez, alguno de sus compañeros se había burlado de ella por los vellos que tenía sobre el labio superior, aduciendo a que parecían el bigote de un macho. Esos salvajes también solían humillarla por los pelillos que parecían unir sus cejas. Pero, ante su profesor, por no estar acostumbrada a sentirse admirada, ella retrocedía. Lo hacía con tal encanto que fracasaba vergonzosamente en su intención de mantenerse mimética. Se daba cuenta de que el otro estaba contemplando sus labios de flor casi con un suspiro en el aliento. Entonces se intimidaba y quería quitarse del foco de atención, pero terminaba enterneciendo más. Clamaba la atención su profesor de vuelta al cuaderno, picando la hoja con la yema de su índice. Usaba guantes de motociclista, de esos que tienen los dedos despuntados. Estos hacían juego con la moña negra y con sus ojos, no solo con sus pupilas de ónice sino con sus pestañas naturalmente gruesas que, le suprimían la necesidad de usar chucherías de maquillaje.


Era tan linda y de una forma tan original y espontánea que, las otras chicas de grado décimo, por sí tener que esforzarse para encantar, la odiaban. La trataban de puta por dizque engrosarse las pestañas, de bruja por gustar del color negro y de lamberica por que les parecía inusualmente inteligente. Pero la inteligencia de Camila era normal. Más bien, los demás, la veían desde su posición inferior, donde viven los mediocres e impedidos. Aquellos que nunca se preguntarán el sentido de la vida, aquellos a quienes la matemáticas y los fantasmas les asustan por igual, que dan el mundo por hecho y lo aceptan y viven en él sin dilación, viendo el fútbol,  celebrando cuanta pendejada les mande el calendario y obedeciendo lo que mande la televisión. Camila sabía, a sus catorce años, que se veía como los demás y vivía con ellos, pero que no era una de ellos. Y “ellos” sospechaban instintivamente que ella no era igual que los demás, y por eso le hacían matoneo. «Es como vivir con animales» le dijo un día a su profesor, «Animales que hablan, pero nunca dirán nada útil». Al oír eso, su profesor Juan se enamoró de ella.

2 – Juan

El tal Juan era el de Inglés. Nuevo ese año. Varón de 32 años, poco agraciado según estándares. Desde hacía once años se le caía el cabello y desde hacía seis había decidido raparse la cabeza, aceptando con dignidad y altura el ser un tipo calvo, en vez de un pusilánime que lo niega y gasta en tratamientos costosos para detener la alopecia. Sabía que algún día tendría que dejar de raparse, porque habría de cansarse o porque maduraría ya tanto, pero tanto que no habría de importarle tener el tope de la cabeza pelado y el resto con una ridícula melena crespa. Quizá ese estado de madurez llegaría, pero faltaban décadas. Por entonces, el profesor Juan quería verse con la cabeza totalmente pelada.
Tenía ojos pequeños, lo suficiente para que perdiera expresividad y sus emociones pasaran desapercibidas. Él ya se había acostumbrado desde joven a ser alguien no importante. El molde de su nariz terminaba abruptamente, como si un carnicero genético le hubiera mochado la punta de la nariz con un hacha. Eso, unos hombros delgados y una barriga mediana. Juan; el de Inglés. Un profe por el que nunca, ninguna estudiante suspiraría, como solían suspirar por el de Educación Física, que era mono, de ojos verdes y lógicamente acuerpado. O por el de artes, que era el más joven, cari-bonito y con más afinidad con las estupideces que hablaban los estudiantes. Juan había sido y era todavía, el que ocupaba ese mismo condenado puesto social que ocupaba con tanto temple Camila. Cada salón de clase es un retrato social. Y lo es también cada equipo de trabajo, pues Juan tampoco encajaba en el corriente grupo de profesores, en el de ese colegio de garaje ni en el de ningún otro. Él también, siempre era el diferente. Y Camila, era tan impropia del molde del que habían sacado a todos los demás humanos, que espichaba los labios y subía una ceja cuando oía a sus compañeras expresando las tórridas cochinadas con que fantaseaban, las cosas que querían que los profes de Educación Física o el de Artes les hicieran. Ella era un alma vieja, por lo que el primitivo y material físico y la ruidosa labia le pasaban sobre la cabeza. Al contrario ocurría cuando compartía ideas, filosofías y anécdotas con Juan. Ella no andaba buscando un macho, sino un alma gemela.

3 – Daniela

Daniela era la única chica que a veces pasaba tiempo con Camila. Era una chica flemática, más de lo que debería ser una chica a esa edad. Tenía la personalidad de un sargento. Una adolescente delgada y bonita que hacía a Juan preguntarse «¿cómo se la aguanta el novio?».
Camila y Daniela se hicieron amigas el primer día de ese año. Ni bien habían puesto un pie dentro del prácticamente improvisado colegio y la avenida que pasaba por en frente ya les daba problemas. La estruendosa frenada de un taxi hizo que todos voltearan con los ojos enfocados. Por fortuna, nada grave había sucedido, si es que el susto mortal de Daniela puede no tildarse de grave, pues fue a quien el carro casi golpea. La pendenciera muchacha ya estaba dándole puños a la ventanilla del copiloto del taxi y profiriendo groserías más propias de señora de plaza que de colegiala. Como la estudiante era nueva, nadie se atrevió a intervenir, excepto Camila. Razonó, que si la primera tragedia no ocurrió, la siguiente podía evitarse también.

Daniela una vez regañó a Juan, quien sin saber qué hacer, se quedó sorprendido y no dijo nada, haciéndole erróneamente entender a la muchacha que se había quedado achantado y que ella había sido certera. El motivo fue una visita del desagradable y temerario rector al salón de grado décimo. El tipo era veterano, fundador, y además, padre biológico de la coordinadora. Su cara remembraba ante Juan, según sus registros subconscientes, a un fumador consumado a quien el cabello se le llenó irremediablemente de ceniza. No fue el tiempo, fue el vicio quien evaporó el color de la juventud. Además, era ligeramente jorobado. Siempre lucía tan hosco y tan forzosamente circunspecto, debido a la falta de vida que manifestaba, sabrá Dios si a adrede, mediante el mimetismo entre su piel de color madera y sus perennes sacos de lana ocre y pantalones color arena. Era además, una de esas personas casi reptiloides que luchan contra toda manifestación de amor y alegría, pues estas lo sacaban de su estado de confort. Así que su sola presencia producía en quienes tuvieran el infortunio de estar cerca, la displicencia propia de un augurio de defecación.
Entró al salón y los estudiantes hicieron lo que solo hacían con él: Hacer silencio y ponerse de pie con sincronía militar. Lo hacían por miedo, mínimo por fastidio. Una reverencia ridícula que se debería hacer solo por respeto. El tipo, que por cierto, se llamaba Napoleón, dio un mensaje ordinario y volvió a irse. Fue entonces cuando advino el regaño de Daniela: «¡Deje el miedo, profe, sino ¿cómo lo van a respetar?» La joven estuvo todo el rato que duró la visita del poco querido rector, dándose cuenta de la tembladera de Juan. Así era ella, del tipo que se ufana de ser frentera y no tener pelos en la lengua, cuando lo que tienen es una lamentable carencia de empatía.

4 – El señor Báez

—Mañana va a conocer a mi papá, profe Juan.
—Al fin. Ya me sentía medio raro dándole tu informe académico a un niño.
—¡Jota no es ningún niño!
—Mi vida: La cédula de tu hermano dice que es mayor de edad, no que sea un adulto.
Camila le manifestó entonces a su mentor y novio, un serio interrogante. Quería saber una razón para que su hermano le fuera de nula simpatía. Y la solicitada razón era simple: Jota era un muchacho mañoso. Alguna vez, luego de que este cumpliera su papel de acudiente legal de su hermana, formó un corillo con los compañeros de Camila en pleno salón en torno a su dispositivo móvil. Estaban viendo videos de gore que el sujeto se preciaba de ser especialmente habilidoso en conseguir. Cuando Juan se asomó, vio cómo un miembro de algún cartel mexicano decapitaba a una mujer que yacía atada de manos y arrodillada en el piso, inmóvil ya fuera por el terror o la resignación. La perfección del corte fue tal que no hubo derramamiento de sangre. El verdugo, alzó la cabeza por los cabellos y la exhibió ante los presentes, incluyendo a la lente de la cámara. Por último, hizo que la cara de la cabeza cercenada golpeara de frente la entrepierna de lo que antes fue su cuerpo. Juan no pudo sacarse la horripilante escena de su frágil cabeza por mucho tiempo, y desarrolló de manera instantánea un sentimiento de prevención y desagrado por Jota. De forma consecuente, dicha prevención la extendió por Camila. Le preocupaban las influencias de aquél trastornado en su joven y sensible novia.

—Profe Juan, mañana no vaya a decirme “mi amor”, “mi vida” ni “bebé” ¿si? —le solicitó Camila.
—¿Por qué?
—Por que si mi papá lo oye, me va a preguntar si acaso usted es mi marido.
Bastó esa simple petición para que Juan se formara una idea clara de la clase de padre que Camila tenía. Se lamentó dentro de sí, puesto que le mordía aquella molesta realidad de que, las personas que le gustaban, siempre tenían ataduras. Un hijo, un padre o madre tóxicos, un hermano psicópata… en fin.
Después de asentir, siguió tocando la guitarra y cantando. Camila lo observaba y escuchaba, poniendo en su infantil cara esa sonrisa que le ocupaba media fachada. Juan tuvo el bello descaro de terminar la canción rockera sin dejar de verla directo a los ojos. Estaba cometiendo el crimen de mantenerla enamorada y de cuidar la correspondencia a su propio sentimiento. Cuando hubo finalizado la cantata, tocando el Do mayor en arpegio correspondiente a la última nota de Eterna Soledad, de los Enanitos Verdes, Camila tensionó los músculos de las piernas y saltó en el asiento como gelatina, al tiempo de dar emocionadas palmas y casi-casi reír.
—Me hizo erizar la piel, profe —confesó, pasándose las uñas sobre la lana del saco en su brazo y a continuación vibrando como si una repentina electricidad le nadara por el pecho.
Juan, que se había cansado de ser, y en consecuencia lógica, había dejado de ser un idiota, lo único que hizo fue apartar la guitarra, colocarla gentilmente en su base de madera, descruzar la pierna, ponerse de pie, acercarse a ella y besarla. Ella recibió el ósculo poniendo su mano izquierda, enguantada y tibia, en la mejilla de Juan. Por su puesto, estaban ellos solos en un salón, aunque con la puerta entre-abierta. Juan se confirmaba para sí mismo, en su enmarañado interior, que una vida en obediencia no valía la pena. Eso, habiendo descubierto las mieles de lo prohibido y que eran tan deliciosas que hasta el miedo desaparecía. Ni siquiera en medio del más duro castigo se arrepentiría, porque sabría ya por experiencia de la ridiculez de la norma, lo cual sería un estado de consciencia muy superior a la aceptación dogmática de esta.

La vieja canción era la que cantaría Juan en una venidera muestra de talentos. Parte de la estrategia de él para volverse alguien importante para ella, era persuadirla a hacer cosas que no hubiese hecho antes. Y desde luego, ya la había convencido de tomar parte del espectáculo, disfrutando de hacer algo que hasta entonces solo hacía en privado: Bailar. De paso, sería un grandioso avance para ella el echar por la borda lo que pensaran o dijeran los demás. Ese fue el primer fuerte lazo que el enamorado docente logró tender entre los dos.

Camila salió primero del salón, para disimular. Luego salió él y se topó de bruces con Daniela. Se asombró de que tuviera, otra vez, una mullida plasta de pomada blanca en el labio de abajo.
—¿Nada que te curas? —preguntó estúpidamente el docente.
—¡Nada!
—¡Tienes que ir al médico!
Camila le contó alguna vez, cuando todavía ellos ni siquiera sospechaban que se convertirían en novios ilegales, que Daniela tenía un recurrente problema en su boca pero que rehusaba, a veces tajantemente y a veces solo dando largas, el hacerse revisar.

Al día siguiente, tuvo lugar la reunión de padres. Juan tuvo desde el frío principio de la jornada solo una cosa en mente: Su encuentro con su suegro, que si al caso sería solo un par de veranos mayor que él y quien, no era consciente de que ya era ‘suegro’. El momento llegó pronto, cuando la B de Báez seguía en la lista, y el sujeto se aproximó a la escasa mesita de profesor donde Juan aguardaba, atiborrado de papeles y notas. El señor Báez era de estatura un poco menor a la de Juan, pero de complexión que compensaba con creces la supuesta desventaja. Vestía chaqueta beige de cuerina, desvencijada por el uso. Tenía ojos chicos y fijos, amenazantes como cámaras de seguridad. Ofreció su tozuda mano a Juan, con sus dedos engrosados por nudillos abundantes y el dorso marcado por venas. Se notaba que trabajaba empelando usualmente grandes cantidades de fuerza. Y lo hacía, pues era albañil. La mano de Juan, en cambio, se asemejaba más a la de una señorita de oficina.
Juan hizo un par de declaraciones de rigor, aún intuyendo que solo seguía un predecible guión. Dijo cuán buena estudiante e inteligente era Camila, a lo que el señor Báez solo respondió con un gesto de afirmación sin siquiera conectar la mirada.
—Más le vale —fue lo único que masculló, tan bajo y apenas entendible que parecía haber hablado con una boca extra, interior a la normal.
Camila se presentó y pasó su brazo por detrás de la cabeza de su padre.
—Hola papi, hola profe.
Pero él no correspondió a su amabilidad, sino que, hablando ya con su boca visible, dijo:
—Camila ¿no ve que estoy hablando con el profesor? —para decirlo, sí levantó la cara y clavó sus ojos contundentes en Camila.
—Ay, papi, mira mi boletín. Solo tengo buenas notas.
—Profesor —dijo él, ignorando a Camila— ¿ya le dijo Camila que voy a ausentarme dos semanas?
—Sí señor.
—Espero poder contar con su apoyo, ya que usted es el director de curso de ella. Aunque sea aquí en el colegio, esté muy pendiente de ella, se lo ruego. Y cualquier cosa —le extendió un pedazo de papel con un teléfono escrito—, llámame sin importar la hora, y me cuenta.
Lo terminó de decir y acribilló a su hija con una mirada de advertencia. Ella respondió con una sonrisa.
—Deseo que no sea una molestia, de verdad cuento con su ayuda, profesor.
Se le notaba la preocupación en cada átomo de su ser. Juan podía sintonizar el malestar del hombre por tenerse que ir y dejarla sola.

5 – Idilio

Las semanas siguientes fueron las mejores en las vidas de ambos. La casa de Camila se convirtió en un abundante manantial de amor y desenfreno de las pasiones terrenas, prohibidas de muchas formas. Desde el primer día de ausencia paternal, Juan se presentó y Camila corrió a abrir la puerta. Se lanzó sobre él y se acaballó besándolo. Un esfuerzo emergente de él evitó que lo derribara. Igual, si lo hubiese derribado, hubieran terminado haciendo el amor ahí en el zaguán, con los eucaliptos que cercaban el potrero de en frente como testigos. En brazos la cargó hasta adentro, e iban prendidos de los labios. No era la primera vez que iban a estar juntos, pero sí era la primera que iban a retozar en casa de ella, con tanta tranquilidad y disposición de tiempo. Juan la llevaba cargada y sentía con tanta pasión, como si fuese la primera vez, el cálido espacio entre las redondas nalgas de ella a través de su delgada falda, presionando su antebrazo. Ella parecía disfrutar de los labios de él como disfrutare del agua un infeliz que está perdido en el ardiente desierto y que ha hallado un oasis. Se apretaba tanto a él que sus senos se estrujaron contra el pecho de Juan.
Llegaron a la escalera, pero Camila puso el freno, sujetándose del muro. Luego señaló hacia la sala. El profe obedeció y la llevó a uno de los sillones. Haciendo un esfuerzo tremendo, se arrodilló sin soltarla y la colocó sobre este. Camila cruzó sus manos y se sacó la camiseta de un rápido jalón. Disfrutaba de la cara de impresión de su hombre, que no se parecía a ninguno que hubiere conocido antes. Los senos de Camila yacían delante de la cara de Juan, aunque aún metidos en un brasiér barato, y lanzándole a propósito su rico aroma a mujer directo al rostro. El profesor se rindió ante la divinidad y procedió cautelosamente a cubrirle los pechos de besos sonoros. Ella se encogió de hombros y cerró los ojos, pues le encantaba lo que sentía. El teléfono sonó.
—¡Daniela! —respondió Camila— Sí, estoy en mi casa. No ¿a qué? Ay no, no es por eso… ¡uff! ¡Nada no estoy haciendo nada…!
Trataba de evadir una posible visita de su amargada amiga y luego, también de disimular la agitación. Pero por puro malicioso juego, Juan le bajó el delgado brasiér del lado derecho y se puso a presionar suavemente su pezón con los dientes.
—¡Aaaahhh! —gimió la muchacha, y de inmediato trató de explicar—: Esta agua está muy fría.
La boca amante Juan, amante hasta rayar en lo pueril, hizo un trayecto de besos desde la cima del seno derecho hasta el lóbulo de su oreja.
—¡Marica, yo la llamo más tarde! —Camila se decidió a colgar. Arrojó el teléfono y envolvió a su hombre a dos brazos. Quedaron sobre la alfombra. Camila desabotonaba torpemente la fina camisa de su profesor, montada en él. Su falda ya no le servía para cubrirla, pues estaba toda enrollada al rededor de sus caderas, y tenía todavía solo el seno derecho de fuera. Juan suspiraba. Alcanzó el rostro de ella a dos manos y lo cubrió con las palmas por los costados, acariciándole los pómulos y las mejillas con los pulgares. El teléfono volvió a sonar.
—¡Ay, qué estrés! —tronó ella— ¿Aló? ¡Hola papi!
A diferencia de cuando hablaba con Daniela, Camila trató de contenerse y de contener a Juan. Tomó una bocanada de aire alejando la boca del teléfono y entonces lo administró lo mejor que pudo para hablar con su hosco padre:
—Sí señor, todo bien. Estoy lavando ropa.
Trataba de evitar que las manos de Juan siguieran acariciándola y que pudieran sacarle un peligroso gemido. Con más malicia que antes, Juan empezó a jugar con el pezón derecho de Camila, como si sintonizara emisoras en un radio analógico. A ella pareció fascinarle, porque blanqueó los ojos y estiró el cuello. Por varios segundos hizo un esfuerzo sobrehumano para escuchar lo que su padre decía, al tiempo de restregarse encima del Profesor Juan y aumentar la presión que él le hacia en el pezón con su propia mano. Pero tuvo qué detenerse para volver a hablar. El primer fonema le salió tembloroso, por lo que disimuló, se hizo la que aclaró la garganta, retiró la mano de Juan y volvió a hablar:
—Bueno papito, ehem, yo te estoy llamando. Yo también. Sí señor.
Para cuando colgó, Camila estaba subiendo y bajando armoniosamente, como resultado de los movimientos ansiosos de Juan, que no aguantaba más el estar ‘por fuera’ de ella. El encantador jugueteo había hecho que la temperatura subiera de más, en especial a Juan, a quien el aroma de Camila tenía drogado.
—Lo bueno es que ya llamó mi papá, ya nada más importa, ya lo puedo apagar —dijo—. Ahora sí ¿en qué íbamos?
Apagó el teléfono y lo lanzó sobre el sillón más lejano.

6 – Juego peligroso

Era esa clase de dulce situación que ataca la confianza con un pensamiento inmundo, que le dice dentro de la cabeza a alguien, en ningún idioma excepto aquél que habla el corazón: «¿Y si la felicidad termina?». Pregunta dañina, pero que sale inevitablemente cuando la dicha ha tocado cumbre y no hay más camino posible sino cuesta abajo, nuevamente. Para Juan, haber dormido con el cabello de Camila desparramado en su cara, y ella respirándole en la mejilla, era una experiencia del calibre propicio como para hacerse esa fatal cuestión. Antes que ella regresara al mundo de la vigilia, Juan siguió acariciándola con la punta de su índice, delineando las cejas, el dorso de la nariz y el contorno del rostro de Camila, jugando a que era Dios y que era él el autor de ese rostro.

Camila despertó, se refregó los ojos, y después de un rato bostezó y se estiró. El aroma tentador y concentrado a chocolate, traído por el profuso vapor desde la cocina, delató la ubicación de Juan. Anduvo a hurtadillas hasta sorprenderlo con un abrazo por la retaguardia, el cual tuvo él que manejar para no derramar el cacao que servía. Fracasó. La tanda de besos que Camila le imprimió en la nuca lo hicieron estremecer, por lo que el chorro caliente de bebida herviente cayó tanto en la tasa como a ambos lados.

Los dos tenían que actuar en el colegio. Hacerse los idiotas, que eran nada más que profesor y otra de sus alumnas del montón. Un adulto que destila vinagre por los poros de la piel y una muchacha que naturalmente, jamás lo vería como nada más que un, por fortuna distante e incompatible ente.
Ese nuevo día, Camila había cambiado sus guantes despuntados de cuerina por unos de lana. Juan distribuyó las hojas en que los estudiantes habían contestado de forma paupérrima una prueba del área de inglés. Cuando se la pasó a Camila, le aprisionó un dedo por debajo del folio, mientras actuaba que seguía leyendo el siguiente nombre y haciendo el llamado. Con el rabito del ojo descubrió a Camila viéndolo sin creer lo que pasaba, inflando los globos oculares e incluso retractando un poco el cráneo para aumentar el panorama. Se le podía leer, claro como agua recién nacida en la cara: «Profe ¿está loco? ¡no me coquetee aquí el salón!» Tiró fuerte de la hoja de papel y se liberó de la llave hecha con dedos, pero la hoja de la previa cayó meciéndose y ella la recogió sin dejar de mirarlo, casi empezando a reír. El mensaje estaba entregado y había sido aceptado por ella con ilusión: La atmósfera académica se había desvanecido como por la misma acción natural del agua que disuelve el papel. Los demás seguían prisioneros en ella, pero Camila y Juan gozaban de libertad y se reían de todos los demás. Estaban por encima de las convenciones. Escupían en los estándares y se orinaban en las normas. Camila vio a su profesor entregando las demás hojas, pretendiendo normalidad con descarado talento. Metió su labio inferior bajo los dientes superiores y lo frotó de manera tentadora. Su complicidad era tan deliciosa como la libertad.
Todos los demás estudiantes tenían sus neuronas ocupadas, siendo parte de la prisión que habían elegido. Todos, excepto Daniela, que por decreto del destino presenció el efímero y aparentemente insignificante flirteo entre el profesor de Inglés y la alumna más sobresaliente y consecuentemente más odiada de grado décimo.

7 – Melgar

El siguiente fin de semana tendría para los dispares amantes un valor astronómico. Sería una oportunidad irrepetible, no durante una vida sino durante varias. Casi como el paso de un cometa, o la alineación imposible de astros. Serían los únicos días sábado y su consecuente domingo en que tuvieran la oportunidad de salir a pasear. Para el siguiente, el padre de Camila ya estaría de regreso de su venturoso viaje de trabajo. Ni cortos ni perezosos empacaron maletas y se largaron a un típico viaje de clase trabajadora. Abordaron temprano el Sábado una flota hacia Melgar.
Juan no tenía qué mentir ni a quién mentirle. Pero Camila tuvo que, prácticamente escribir una novela, y ni siquiera dedicada a su padre, a quien simplemente dejaba tranquilo contestándole el teléfono; sino a Daniela, con quien  acostumbraba hacer divertidos planes adolescentes cuya frecuencia cayó en picada desde que Camila y Juan se hicieron amantes. Inventó que su padre, preocupado por el largo fin de semana que ella tenía que pasar sola, le armó un viaje con una tía sin siquiera preguntarle. Camila no solo ideó la trama sino que hizo el papel de víctima, pretendiendo no querer acudir y que hubiese preferido mil veces quedarse para irse a vagar con ella. Pero Daniela, con su acritud, absolutamente atípica de su apariencia física —pues era muy bella, y asediada por sus compañeros—, aguzó su raciocinio en dirección, como siempre, a lo estándar. Como cuando regañó al profesor, o como cuando quería romper el vidrio del carro para sacar aunque fuere a pedazos al conductor. Lo que ella creía correcto o justo, era sagrado e indubitable, y el no cumplimiento de tal cosa era tomado por ella como un insulto sacramental o hasta una declaración de guerra. A Daniela no le olía nada todavía a mal en el escenario de su amiga y su profesor, pero ya estaba determinada encontrar algo que le oliera a mal.

—No te vayas a reír —suplicó Camila, asomando su cabeza desde detrás de una de las columnas que sostenían un arco para salir a la piscina.
—Pero mi Cami ¿de qué iba yo a reírme ¡Por Dios!? Yo soy el que debería sentir pena, pero ¡no tengo pena!
Juan aguardaba el ingreso de ella al agua, junto a él.
—¡Este traje de baño es una boleta! —explico ella, apareciendo al fin.
Tenía las manos unidas por delante y daba pasitos tan sosos que ella parecía tener las rodillas amarradas la una con la otra. Juan se sobrecogió. Parte del hermoso embrujo que el amor había rezado en él, era la capacidad de seguirse asombrando. Como si la desnudez de ella y su pasión fueran todavía arcanas, la timidez de Camila para presentarse en bikini ante su profesor, resultó adorable para él. Su cuerpo era fuerte. Los amplios diámetros de sus muslos y de su cadera, que contrastaban tan fuertemente con el de su estrecha cintura, tenían un efecto alucinante en la mente de un pobre varón, en especial en uno como Juan. Su ser era tan propicio para el sustento de la vida que producía en el macho incauto, la necesidad imperiosa de proteger. Juan la miró detenidamente y con veneración. Se le fueron las palabras.
—¿Cierto que es una boleta? —insistió ella.
Camila decía eso porque le parecía que la parte de abajo de su traje era innecesariamente pudorosa. Más parecía una calzoneta de gimnasio. No obstante, la figura de Camila era lo suficientemente provocativa para evitar que su traje la disimulara.
—¡Ven aquí! —chapaleó Juan.
El presentimiento de un jugueteo motivó a Camila a negarse. La timidez se le desvaneció espontáneamente y siguió rehusándose, provocando que Juan saliera de la piscina a perseguirla por toda la casa. Hubo un largo rato de gritos y risas, una caída de él, pretensión infantil de haberse puesto bravo, retoma de la persecución,  baja intencional y disimulada de la velocidad de ella, más gritos y juego y, al final, quedaron devorándose a besos en el pasto.
Así les cogió la tarde. Estuvieron amándose en las asoleadoras, en la mesa bajo la sombrilla y al final, dentro del agua.

La espina que Juan sentía mordiéndole el pensamiento persistía allí. Por simple experiencia de vida creía saber que la felicidad era finita, y peor aún, tenía la mordaz costumbre de ser groseramente corta. No tendría la capacidad de ser tan cruel en comunicarle a Camila su preocupación.
Esa noche, la magia seguía expandiéndose en el creciente universo romántico de los dos, al dialogar de forma tan elevada, casi mística, que resultaba una experiencia equiparable a hacer el amor. No estaban sentados lado a lado, como hacían las parejas del mundo, que limitaban su conexión a lo carnal. Estaban sentados frente a frente, viéndose a los ojos y tomados de las manos. Así como había tenido lugar el desenfreno de la piel, el turno era para sus almas. Ambos reconocían que con nadie más podían hablar de forma tan desnuda.
Habían escogido un sitio donde no hubiere ruido excesivo. Una azotea donde llegaban estirados y deformados los hilos sonoros de las discotecas del centro. Apenas si estos interferían con la música del lugar. El espeso aroma de incienso de abre-caminos hacía erráticas figuras entre sus rostros y el calor del día, apenas cedía.
Juan tuvo justo entonces la inmensa tentación de tocar el nefasto tema del futuro y de la imposibilidad de su relación, pero hizo uso de toda la fuerza de su estómago para contenerse. Razonó que no tenía el menor sentido ponerse filosófico con algo que notablemente ella ni siquiera intuía y que de seguro sí arruinaría la velada y hasta el paseo. De hecho, una idea más allá de todo límite se gestaba en la sin igual cabeza de Juan, precedida de un sentimiento de anarquía. En primer lugar, su relación era mal vista y, en lenguaje propio de los borregos: “Ilegal”. Tantas cosas eran ilegales que Juan solía resumirlo así: «Todo lo que se hace libremente es ilegal. La libertad es ilegal». En segundo, la posibilidad de permear hacia la dura realidad no podría soslayarse por siempre. Tendría que tarde o temprano aceptarlo y ponerla a ella al tanto, por más dolor que eso acarreara. ¿O no? ¿Podría existir una tercera y magnífica opción, solo que estaba oculta a plena vista debido a la codificación de lo bueno y lo malo en la mente de Juan? ¿Podía ser inclusive que la actitud desinhibida y adorable de Camila se debiere no a una ignorancia peligrosa sino a una mente no programada, libre de cadenas? ¿Y si quien tenía la mente encadenada era él?
—¿En qué piensas? —le preguntó ella, partiéndose la cara con su propia sonrisa y dejándolo reflejarse en la rueda completa de sus pupilas negras.
—Camila…
—¿Sí, profe?
—Vivamos juntos. Volémonos.

8 – Baile

La pareja de amantes había acordado una fuga para antes de que el año llegara a su término. Habrían podido mandar todo al diablo desde esa misma mágica noche en Melgar, pero Camila tenía el corazón empeñado en la muestra de talentos. Juan no la presionó, porque por un lado, sintonizaba el entusiasmo de ella y por el otro, era él el responsable de dicho entusiasmo.

La esperada mañana se presentó al fin. Parecía haberse tardado, como si caminara más lento que las demás, pero fue el peso de la ansiedad de todos lo que aletargó su paso. Como era ya tradición, cantaron quienes se sabía que cantaban, bailaron quienes se sabía que bailaban y actuaron quienes se sabía que actuaban. Pero hubo en medio de lo aburridamente predecible algo inesperado y sorprendente. O más bien alguien inesperada y sorprendente. Invocó desde temprano tanto la sana admiración de algunos muchachos como el deseo animal de muchos otros. En consecuencia, suscitó simultáneamente la envidia de sus compañeras de colegio. Aquella que odiaba la conspicuidad, estaba entonces en la palestra, el patíbulo y el escarnio mental de los adscritos al espectáculo y de los asistentes. Todo por estar envuelta en un bien logrado disfraz de momia que le quedaba como pintado. Tal parecía que nunca, nadie se había dado cuenta de la figura atractiva de Camila, del contorno de sus piernas, sus glúteos parados, su cintura de avispa y su pecho orgulloso que volvía a equiparar en amplitud a su cadera. Los pubertos babeaban y las pubertas expelían deletéreas chispas por los ojos. Y eso que Camila no había bailado todavía.
Se había dejado solo dos resquicios entre la envoltura corporal, producida con harapos de varias batas viejas: Uno para poder ver y el otro para que cayera su cabello.
Mientras su número transcurrió, Juan se divertía viendo y oyendo las expresiones de sus acalorados estudiantes. En parte porque lo hacían sentir afortunado y en otra porque decían cosas muy originales y graciosas. Hasta un par de ellos tuvo la cachaza de gritarle a Camila un par de piropos cuando bajó de regreso al camerino, ganándose pellizcos y gruñidos de sus novias. Uno dijo «¡Camila, dame un hijo!» y el otro «¡Quién fuera Sol para darle todo el día!»

Juan fue llamado a la tarima, por lo que se aferró a su guitarra y corrió no en dirección a esta sino al camerino. Allí estaba únicamente Camila, empezando a desenvolverse por la cadera.
—¡Ya me toca! —le anunció él— No alcanzas a cambiarte, sal ahora y me ves así.
Lo único del interior de Camila que había salido a la luz era el débil nudo que sujetaba su tanga negra. Juan advirtió el sensual cuadro y se le desvanecieron la adultez y el autocontrol.
—¡Mamasita! —casi gritó, y se le fue encima a darle un bien puesto beso. Entonces le insistió en que saliera así y regresó afuera corriendo. La poco usual y mortal combinación de ansiedad escénica, prisa y alegría por la vida, obnubiló a ambos. Saliendo del camerino, Juan tropezó con Daniela. Pero solo ella acababa de ver algo absolutamente anormal, peligroso, incorrecto, enfermizo y deleznable. Para los otros dos, solo era amor.

Juan cantó su canción y fue vitoreado. El público le coreó solicitando «¡O…tra, o…tra» canción. Embriagado en su propia dicha, teniendo esta la propiedad de romper barreras como si fueran burbujas, él hubo de seguir cantando.
—Pues, ya que me dan la oportunidad —dijo con humildad al auditorio—, quiero presentar una canción muy especial para alguien… que… en fin, ella sabe quién es.
Una letra «U…» pronunciada por el público al unísono se elevó hasta hacer vibrar el techo. Y Juan interpretó Time is Running Out, de The muse. Los asistentes lo acompañaron con palmas, sobre todo cuando el profesor abandonó las ataduras de la cordura y se gozó esa canción tanto como si fuera uno de los chicos, bailando absolutamente acorde con la energía del público. Camila se sonrojó, viendo tras bambalinas. Rió y lloró al mismo tiempo, disfrazada de momia, mostrando el nudo de su tanga y con varios compañeros y desconocidos suspirando tras ella.

Daniela, que estaba ya contaminada por la confirmación de sus sospechas, sacó su teléfono y buscó de inmediato la canción. Primero la identificó a través de su huella dactilar y a continuación buscó la lírica. Por último la tradujo:

Creo que me estoy ahogando
Asfixiando
Quiero romper este hechizo
que has creado
Eres algo hermoso
Una contradicción
Quiero jugar el juego
Quiero la fricción!
Serás mi muerte
Sí, serás mi muerte

¿Enterrarlo?
No dejaré que lo entierres
No dejaré que lo asfixies
No dejaré que lo mates

Nuestro tiempo se está acabando
No puedes empujarlo bajo tierra
No puedes detenerlo gritando

Quería libertad
Atado y restringido
Traté de abandonarte
Pero soy adicto
Ahora que sabes que estoy atrapado
Sentido de júbilo
Nunca soñarías con
romper esta fijación
Me exprimirás la vida

9 – Rebeldía

Los ilustres directivos del colegio convocaron a una reunión emergente y extraordinaria. La preocupación se les veía en la cara y se podía recoger del aire igual que hacen las antenas de radio. La tensión era similar a cuando ha habido una tragedia como una avalancha o un terremoto. Pero no era eso. Había mortandad pero no en la tierra, sino en las libretas de calificaciones finales. Existía algo rojo derramado tiñéndolo todo, pero no era sangre sino tinta. Por fortuna para los administradores, el vergonzoso reporte general aún no salía de secretaría y todavía podían tomarse medidas que salvaran no a los mediocres estudiantes sino a la ilusoria institución. En el desastroso caso hipotético que la ineptitud educativa se hiciera pública, los padres armarían una revolución y habría como indeseada consecuencia una baja prácticamente total de estudiantes, una merecida divulgación de la mala reputación del colegio y un muy plausible cierre. Pero el reporte todavía estaba en la mesa, recién salido de la impresora con el doloroso exceso de tinta roja que portaba un mensaje de muerte. Había qué actuar.
Lo que hizo Napoleón fue delegar a coordinación la convocatoria a dicha reunión y que los profesores hicieran trabajos de recuperación extraordinarios. Nadie lo dijo, ni siquiera hubo la insinuación, pero todos lo tenían claro: Los trabajos de recuperación no serían el fin, sino el medio justificado. El fin, que más estudiantes pasaran las materias.
—Hay demasiado porcentaje de perdidos, y eso habla mal de la institución. Como parte de ella, debemos velar por sus intereses —dijo la coordinadora.
No hacía falta más.
La mayoría de profesores renegaron en silencio, se limpiaron el sudor de la frente antes que este fuera exudado y con reprochable resignación tomaron rumbo a sus salones. Pero Juan, que no estaba programado con éxito a ser un robot, vio obvios los problemas. ¿Había que regalarles la calificación?
Juan llevaba años hartándose de los sin sentidos de su oficio. Y más dolor le aportaba el que fueran situaciones absurdas y obvias, pero solo para él. Para los demás, eran fenómenos naturales como la lluvia.  «Animales que hablan, pero nunca dirán nada útil» había dicho alguna vez su amada Camila. Una llamarada ascendió en el interior del rebelado profesor. Si durante toda la vida —igual que ella— había lidiado con la estupidez de la persona promedio, obediente y crédula, sumisa y resignada; ahora, que estaba felizmente ennoviado con una, así llamada “menor”, sintió que como persona con los ojos libres de vendas tenía la responsabilidad, al menos consigo mismo, de no unirse a la manada y a su tonta marcha gregaria. No quería ser hipócrita consigo mismo y hacer parte de tan lamentable farsa, y sí que menos, hacerlo y después irse a vivir con Camila. Con toda seguridad la decepcionaría y también a él mismo. Se largó a la cafetería.

Daba sorbos muy pequeños, casi que imaginarios a su tinto. Trataba de no pensar, más bien sí de disfrutar de su acción desobediente. Trataba también de usar su amor por Camila como bálsamo para su ansiedad. A cada pensamiento frustrante sobre la realidad de su trabajo, le ponía encima un pensamiento sobre Camila. Su rostro y el acné contra el que combatía, su aliento a chicle de frutas y el tacto electrizante de su piel tiernamente velluda. ¿Por qué se habría ausentado ese preciso día? Cuánto le gustaría estar con ella ahí.
Daniela entró a la cafetería y pidió un refresco. Pasó evitando la mirada a Juan, que aún sin detectarlo, saludó a la chica:
—Daniela ¿cómo sigues de los labios?
—Bien, profesor —dijo sin mirarlo.
Se guardó el cambio en el bolsillo de la jardinera y se dio la vuelta y se esfumó.
«¿Y a esta que le pasa?» se preguntó Juan. Pero, antes de proponerse posibilidades, fue abordado por Napoleón:
—Profesor, le suplico tenga usted la consideración de hacer lo que se le dice. El año no ha terminado y está usted todavía comprometido mediante un contrato. ¿Se le dijo o no que pasara a su salón a hacer una evaluación final a sus estudiantes?
Juan al fin dio un buen sorbo de tinto.
—¿Y si no estoy de acuerdo?
Napoleón se enderezó como si fuera a sostener una batida cuerpo a cuerpo.
—¿O sea que el señor no está de acuerdo con las determinaciones de Rectoría?
—¿«Las determinaciones de Rectoría»? ¿Por qué lo generaliza?
—Mire, profesor, con o sin usted, vamos a tomar las medidas. Y no solo con el tema de las calificaciones sino con su responsabilidad. Está incumpliendo una orden.
Juan se puso de pie y lo enfrentó:
—Si a usted le ordenan robar ¿va y roba? —Picó sus sienes con todos los dedos y vio al rector tan fijamente que podría haberlo derretido— ¡Trate de usar su propia razón por una vez, y no la de las reglas! ¡Lo que quieren hacer es absurdo! Si el colegio se queda con tres estudiantes, pues que se quede con tres estudiantes! Esos serán los buenos, y si hay tres más que lleguen, que sean buenos también. Así se eleva el nivel ¡no regalando las calificaciones!
Algunos profesores se asomaron a los pasillos con bocas y ojos abiertos.
—¿Saben lo que están haciendo ustedes? —siguió Juan, exaltado— reportando que el nivel de un embalse subió ¡pero no porque haya aumentado el volumen de agua sino porque ustedes bajaron el aforo!
—¿Qué?
El viejo educador ni siquiera entendió y Juan se dio vuelta con las manos en la cara. Si tuviera cabellos, se los habría arrancado.
—¡Profesores! —alzó la voz Juan, dirigiéndose al creciente número de colegas curiosos en los pasillos— ¡no se integren a una farsa! ¡No sean borregos!
—¡Seguridad! —exclamó Napoleón, como si estuviera siendo destazado a puñaladas.
—¡Solo por conservar sus empleos están permitiendo que los usen para un engaño!
—¡Llamen a seguridad!
—¡Si regalan las notas, nadie nunca va a esforzarse y será cada vez peor y peor!
Los profesores empezaban a mirarse entre ellos y a asentir.
—¡Llamen a la policía! —se desgañitó el viejo.
Y dicho eso, un par de agentes uniformados aparecieron en la puerta. Todo se convirtió repentinamente en abismal silencio. Se preguntaban, incluyendo al viejo, cómo pudieron venir tan pronto. La portera acercó su rostro a uno de los gendarmes y señaló con precisión a Juan. A él se bajó la sangre a los pies.

10 – Maldita seas, Daniela.

El profe Juan fue apresado bajo la sospecha de abuso sexual. Suponían que por encajar Camila en lo que ellos llamaban “menor”, lo que sea que hubiera pasado habría sido indefectiblemente un abuso, perpetrado con alevosía y ventaja,  intenciones ominosas y hasta control mental. Suponían que Camila debería estar en un rincón tirada, abrazando sus rodillas, llorando y viendo al vacío mientras se mecía sin control. Y que si no lo estaba y, sobre el hecho, no le acusaba de nada, sería porque Juan la tendría manipulada y aterrorizada. El modelo que habían inventado era muy efectivo para hacer como único posible escenario, el de un monstruoso abuso llevado a cabo con sevicia por un hombre adulto, o sea, la encarnación del mal.
Napoleón sonrió con una satisfacción orgásmica cuando Juan fue aprehendido. Levantó la frente y puso las manos atrás para rematar su gesto con una serie de levantadillas de tacones. En su mente, juraba que levitaba. Obvio, los demás profesores asimilaron el mensaje siguiente de Napoleón para reforzar sus obediencias:
—¿Sí ven? Si no era sino un pedófilo ¿qué más se podía esperar?
De ahí en adelante, la acepción general de persona desobediente o que dudara de lo estándar, incluyó los detestables rasgos pedófilos y, en consecuencia, todos obedecían todo con mayor fervor solo por mantenerse lejos de cualquier similitud con el perfil “pedófilo”.

Durante el tiempo que estuvo bajo arresto, Juan no tuvo contacto con nadie. Estuvo devanándose los sesos preguntándose por la suerte de Camila. Duró un par de días en poder de la policía, hasta que fue liberado por falta de pruebas.

Aunque sobre él pesaba una caución para evitar que se aproximare al colegio o a Camila, a él no el importaba. Sabía que la ley era tonta y él sería más tonto al obedecerla. De hecho, obedecerla sería alcahuetearla. Quería saber de Camila a como diere lugar, así que fue al colegio el último día de clase. Había muchos padres y estudiantes saliendo y entrando. Los padres sostenían a sus hijas fuertemente de la mano. Por lo demás, todos llevaban sus reportes de notas en las manos sin pena ni gloria. El enmarañado fraude de notas se había llevado a cabo. Juan quiso vomitar.

Se acercó un paso más, pero no percibió nada mejor. Para tener oportunidad de saber algo de Camila, debería presentarse. Miró a ambos extremos de la avenida, dispuesto a pasar y meterse al colegio a averiguar. Pero sus movimientos se detuvieron, y no solo sus movimientos sino la circulación de su sangre y sus pensamientos. Del colegio salían Camila y su padre. Ella llevaba lentes oscuros, los cuales retiró momentáneamente para secarse una lágrima. Tenía uno de sus ojos colombino. Su padre se impacientó por el repentino parar de ella y la haló bruscamente.
Se preguntó el rebelde profe qué tan malo era haber amado a Camila en comparación con golpearla. Maldijo el mundo y corrió hacia ellos. No sabía con exactitud lo que quería, pero al menos iba a decirle una par de verdades al señor Báez. Verdades que nunca fueron pronunciadas, porque un automóvil no alcanzó a frenar antes de impactar a Juan. Primero lo clavó de cabeza contra su parabrisas y una vez frenado, lo hizo devolverse al pavimento, donde quedó tendido como un muñeco, en ninguna posición que sugiriera consciencia, ni siquiera vida. El único movimiento que había era el de su sangre, emergente de su cabeza y formando un riachuelo en la calzada.
El conductor se bajó de su vehículo, sosteniéndose la cabeza con ambas manos, como si se le hubiera desatornillado. Varias personas gritaban, y el tráfico se detuvo por completo. Camila, como todos los demás, volteó a ver la fatalidad.
—¿Ahora va ir a quedarse viendo el muerto? ¡venga para acá! —le dijo su padre, aunque él mismo estiraba el cuello para curiosear.
Entre los primeros que se acercaron, hubo algunos estudiantes que reconocieron a Juan y de inmediato empezaron la gritería. «Es Juan», «¡Es el profe de inglés!», «Profesor Juan» eran las expresiones que se podían filtrar de entre el mar de lastimeras exclamaciones. La mandíbula de Camila tembló como gelatina. Corrió hacia la muchedumbre pero su padre la detuvo, con éxito solo por unos segundos, porque ella, usando una increíble fuerza se desprendió para seguir corriendo. Arribó al lugar donde el cuerpo yacía y sus gritos hicieron que el resto enmudeciera. Cayó de rodillas.

11 – Venganza

Cinco años después, Camila vivía como podía. Lo que empezó siendo un idilio fuera de este mundo, se convirtió en una ordalía sin fin, en una carga perpetua qué llevar, un pesar insuperable. En su alma se había clavado la idea irremovible de que la felicidad sí existía pero estaba prohibida y que atreverse a rebasar límites para hallarla era castigado con crueldad. La única forma de sobrevivir en el mundo era adaptándose a él, siendo como todos los demás, un borrego que pisa justo donde le dicen que pise. Vivir en Libertad tenía un precio que ellos temían pagar, y puede que hasta razón tuviesen. Y, según las malditas normas, fue hasta que pasaron cuatro años que Camila pudo alejarse de su padre de forma ‘legal’. También, dejó de pensar progresivamente en Daniela, y de preguntarse qué había sido de ella. Si acaso tenía el más mínimo asomo de culpa en su maldita alma.

Una lluviosa tarde de Noviembre, próxima al aniversario de la muerte de Juan, Camila se enteró por Redes sociales del matrimonio de Daniela. Emitió un suspiro apenas audible. Observaba una de las ostentosas fotos de Daniela, luciendo su hermosa sonrisa mientras daba un saltito al frente para arrojar su floreado ramo. Era toda una mujer, su rostro se fortaleció con los años y se le veía la ganancia de experiencia en la mirada. Su cabello, velo y el ramo quedaron congelados en ese momento, suspendidos sin afectación por el tiempo ni la gravedad. Así también quedó registrada la dicha de ella. «¿Por qué la vida recompensa a los peores hijos de putas?» se preguntó Camila. Segundos después se preguntó si acaso Daniela era una especie de incomprendida heroína y que solo había cumplido con su deber sagrado de informar lo que no andaba bien de ninguna manera. Así, Camila habría sido una pecadora y criminal, al haberse dejado amar por y haber amado a un profesor. Él, claro, pagó con su vida su indecible falta, y ella, pagó con su propia amargura.

Hubiese ella seguido pensando así, finalmente condicionada por el sistema de valores mostrencos en que todos vivían. Pero no fue así, solo porque una ventanita se abrió en la parte inferior de la pantalla de su ordenador. Era nada menos que Jota:
»¿Qué hubo hermanita. Ya vio las fotos de Daniela?
»Jotica ¡qué milagro! Sí, justo en eso estoy. Está bonita ¿no? Ay, Jota, no me diga que se va a poner a sufrir por Daniela.
»¡Nooo! Yo a esa vieja solo he podido odiarla desde que los sapió a usted y al profe.
Camila suspiró amargamente.
Pero adivine, nos vamos a vengar, Camilita.
»¿Qué? ¡Qué vengarse ni qué nada! Ha pasado mucho tiempo, no habría valido la pena en esa época, menos ahora.
»Pues, es que… en esa época no teníamos cómo vengarnos, pero el karma llega, hermanita.
»¿De qué habla, hermano?
»Le voy a enviar una cosa. Mírela, pero no me vaya a decir que no la publique, porque no le va a servir de nada.
Las tripas se le encogieron a Camila. Se quedó callada y aguardó a que llegara lo que fuera que él le enviaría. Al cabo de unos minutos de ansiedad, llegó una archivo comprimido.
»Descomprímalo. La contraseña es su fecha de cumpleaños, Cami.
Ella digitó los números de su onomástico con los dedos temblorosos como por obra de Parkinson. Su corazón crepitaba como al galope. Descomprimió y abrió el archivo. Su reproductor se quedó un par de eternos segundos decodificando el formato, y al fin, el video empezó a rodar. Camila se refregó los ojos sin dar crédito a ellos. Era un video viejo, un poco granulado por la insuficiencia de la luz, pero nada más. Todo lo que vendría sería más que claro. Había una pared color crema con un afiche colgado, del canario Piolín y el gato Silvester asomado en una esquina. ¿Era acaso la vieja habitación de Daniela? Lo que apareció a continuación despejó las dudas: El celular con que se grabó el video debía estar dispuesto sobre una cama, y sobre ella caminó hasta ocupar todo el plano, el perro pincher que tenía Daniela. Estaba muy animado, porque daba vueltas sobre sí mismo, brincaba y agitaba su pequeña cola como por acción de energía eléctrica. En seguida, el fondo se ocupó por completo con un diseño tartán azul y blanco con delgadas rayas moradas. ¡El viejo uniforme del colegio! «¡Daniela!» gritó Camila, abriendo en exceso sus ojos negros, como si abriéndolos más pudiera cambiar lo que veía. En efecto, la chica era su vieja ex-amiga. Se acomodó el faldón y se tiró de cola en su mullida cama. El perro se puso panza-arriba. Sus saltones ojos brillaban de… ¿Alegría? Claro, su ama estaba ahora sobándole el vientre al animal.
—¡Ay qué vieja tan cochina! —gritó Camila, cuando vio a su amiga, joven aún, lamerle el hocico a su cuadrúpedo compañero, y—: ¡Ay hijueputa ¿qué es eso? —agregó, poniéndose de pie con las manos en la boca. Su silla quedó rodando detrás de ella.
Daniela había pasado de besarse con su perro a hacerle un oral. De vez en cuando retiraba la cabeza para masturbar un poco al can y sacar su roja pila. Cuando lo lograba, ella volvía a bajar y hacía el blowjob mirando a la cámara y asegurándose que ningún detalle se perdiera. En un punto hasta hizo un guiño a la lente mientras succionaba. Así duró al rededor de un minuto más, hasta que ella misma alzó una mano y puso fin a la grabación.

Camila no pudo moverse durante unos segundos, solo respiraba entre sus temblorosas manos y seguro que no era consciente de lo amarilla que se había puesto. Un cambio en la pantalla de su navegador llamó su atención. Era su hermano escribiéndole otra vez:
»¿Qué tal? ¿Ya lo vio?
Camila espabiló. Trató de regresar al mundo sin golpearse. Agarró su silla y se acomodó para responderle a su hermano:
»¿De dónde sacó eso?
»Pues de Internet. Aunque yo no lo estaba buscando, solo apareció entre un paquete de cien videos que bajé. Hay cosas de muchos países. ¡Cuando lo vi no podía creerlo! Ahora que sufra ¡por mal-parida!
»Jota ¡no!
»Ahora todos van a saber porqué se la pasaba con la jeta llena de llagas
»¡Jota, por favor…!
»Camilita, yo la vi a usted sufrir demasiado. Tranquila que si alguien se va al infierno, voy a ser yo. Cuídese, Cami.
Jota se desconectó. Temblando aún más que antes, Camila volvió a navegar en la red social, y con un halonazo glacial que le recorrió desde las tripas hasta los pies, descubrió que ya era demasiado tarde. El video estaba online y tenía inclusive algunos comentarios.

Camila dio un sonoro respingo y se empujó con los pies para rodar en su silla. «Nada qué hacer» se dijo. Y, antes de levantarse para seguir con su vida y el eterno efecto tan positivo que le dejó el haber bailado y superado el temor al matoneo, y el dulce recuerdo de Juan; pensó en que, en efecto, cuando alguien ataca a otros por lo que hacen, es porque tiene algo peor qué ocultar.

Fin.

𝙴𝚗 𝚕𝚊𝚜 𝚒𝚖𝚊́𝚐𝚎𝚗𝚎𝚜: 𝚂𝚘𝚏𝚒́𝚊 𝙱𝚘𝚞𝚝𝚎𝚕𝚕𝚊

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