Jenny 1995

Relatos Eróticos

Relato dedicado a nacidos en los 80s o antes, señoras y señores que aprecien el sexo con todo lo bello que es, por el misterio que representó este durante nuestra juventud.

©Stregoika 2021

1 – Jenny la de coro

¿Recuerdas esa nena especial de grados superiores que te hacía suspirar cuando eras un mocoso que apenas empezaba el bachillerato? Recuérdala, porque este relato es sobre esa nena. A las damas que estén leyendo, seguro que ustedes fueron esa musa para más de un pobre morro de cuya existencia ustedes nunca se enteraron. En la vida de este humilde servidor, ella fue Jenny Matíz. Recuerdo la primera vez que llamó mi atención, que lógicamente, no era la primera primera vez que la veía. Pude haberla visto un par de veces antes, hasta que su presencia venció el odioso velo de la indiferencia e hizo que me preguntara «Pero, y esa ¿quién es?». De ahí adelante, ella empezó a hacer invariable parte del paisaje visual y luego, con un poco más de hojas de calendario arrancadas, a meterse en mi pobre mente de zurrón de 10 años.
Allá por 1994. Yo no era nadie. A menos que un niñato que acompaña a su madre a misa pueda ser ‘alguien’, caso tal, yo era ese. Y en el primer canto de la eucaristía, dirigí mis infantiles ojos al cercano lugar que ocupaba el coro —que en realidad solo era una banda de rock— y allí estaba Jenny. Sin quererlo conscientemente, mis apenas ordenados archivos mentales lo cotejaron y concluí que ya la había visto antes. Pero ¿Por qué me daba clara cuenta de eso? ¿No era obvio que a los otros eminentes miembros del coro también los hubiera visto por doquier? Ellos también eran de mi mismo colegio. ¿Por qué me fijaba en ella específicamente? ¡Pues porque era excepcionalmente hermosa! Esa era la razón de que no resultare, ni de lejos, desapercibida para mí. La chica me embrujaba con su apariencia. Y que conste, que la descripción que os voy a ofrecer la he compuesto siendo ya un hombre acidulado por la experiencia. Jenny lucía ante mí como un ser celestial, porque mi cuna y vecindario eran pobres, y ella venía de un barrio de ricos. Fin.
Está bien, está bien, lo explicaré: Cuando se es pobre, la apariencia física lo delata a uno. Por eso dicen —qué rabones— que mona que se vista seda… La dura pobreza se nota en la esclerótica, que pierde su blancura natural por trabajar a la intemperie, por madrugar y trasnochar y por las preocupaciones. La piel se pone dura como lija y el cabello y las uñas se vuelven como un árbol milenario donde un paleontólogo podría leer qué ha pasado durante eones. Así eran mis padres y los padres de mis amigos, mis profesores y así seríamos mis amigos y yo de grandes. Y de tal manera era como conocíamos la vida y a la gente. Pero Jenny… ella parecía provenir de otro planeta. Su piel y su cabello parecían los de Gabriela, la hermana de cuatro años de un amigo. La parte blanca de sus ojos era tan blanca que me hacía pensar en esos exquisitos huevos de dulce que vendían en la esquina. Pelo, cutis, ojos y… todo como nuevo, como en una niña, pero en el cuerpo de una joven mujer. Por eso, pensándolo como el viejo recorrido que soy ahora: Jenny era una evidencia de lo hermosos que son los seres humanos y de cómo se verían si sus vidas fueran menos duras. Y así lo veía a los doce años: Jenny era un ser celestial.

Meses después tuve otra revelación. El colegio celebraba esa típica semana de cierre en la que no hay clases sino actividades culturales que se prepararon con ahínco durante medio año. Hasta el jueves, hubo presentaciones pequeñas en las aulas del colegio, convertido este en galería. Y el viernes, todo se hacía en el teatro. Puede que sea solo impresión mía, pero para nuestra generación, fue durante los festivales de danzas, música y teatro que eclosionaron los botones de las primeras experiencias amorosas, des-amorosas y desde luego, también las sexuales. Todo en medio de música folclórica, trajes típicos y disfraces, bambalinas, música en vivo y el sentimiento jubiloso de estar terminando año. Jenny actuó. Fue una obra que no entendí jamás. Todos llevaban trusa negra. Se los cuento porque, así como lo demás, la forma en que lucía ella me cautivó. La prenda elástica parecía ‘contener’ a las mortales, que no eran feas; pero en Jenny, la trusa parecía ser parte de ella, como una segunda piel. Cuerpos así los había visto solo en televisión (Baywatch, por ejemplo). Por eso me impresionó tanto. En resumen, era una chica bella, una ‘nueva pobre’, talentosa y políglota. Decían que había vivido en varios países.
Ahora que tienen una idea de como era Jenny, y que espero, se hayan acordado aunque sea un poquito de sus años mozos y sus musas juveniles, puedo pasar a narrarles algo increíble que ocurrió al siguiente año.

2 – Rodolfo, el “raro”

Jenny entró a grado undécimo y yo a séptimo. Continué con mi más que ordinaria, casi deprimente vida: Del colegio a la casa y viceversa. Un chico del tipo tímido y silencioso al que le hacían matoneo a raudales. Ah, conste, el término ‘matoneo’ lo uso porque lo aprendí después, ya que en esa época todavía no era conocido, aunque se practicaba tal cosa como deporte sobre todo con chicos como yo. Una vez me enviaron a psicología. Pero no crean que a proporcionarme ayuda por ser el saco de boxeo de mis compañeros más grandes que repetían curso, no, no. Fue porque olía a feo. Mis padres compraban solo una sudadera para mi hermana mayor y para mí, y justo para ese día las circunstancias se habían puesto en complicidad para que la prenda no pudiera ser lavada. Me la puse así, llena del sudor de mi hermana (¡qué porquería!) pues sin el uniforme completo no me dejarían entrar. Mis profesores se quejaron por el olor a sobaquina. Quise explicarle mi desafortunada situación a la rectora, pero ella me expulsó de su oficina apretándose la nariz con dos dedos y rociando ambientador. Por esa razón yo no tenía vergüenza, sino profunda rabia.
Estaba sentado en la banqueta a la entrada de psicología, esperando a que los adultos terminaran sus asuntos para ocuparse de mí. Creí que al fin me iban a llamar, pero ocurrió algo que no habría esperado ni deseado en mil años. Apareció Jenny. Pasó delante de mí sin determinarme, como se hace con un microbio, y asomó su cabeza dentro de la oficina. La forma medianamente muscular de sus piernas me hizo recordar instantáneamente la sensualidad de su representación teatral del año anterior, y un par de pecados que cometí poco después con dicha imagen en mente. A mil años luz de la forma en que me comportaba yo, Jenny no se sentó a esperar sino que llamó a la psicóloga. Como si fuera poco, la loquera identificó la voz de Jenny (todos en el colegio la identificaban) y salió del consultorio prestamente. Pero todavía no era hora de sentirme como un mosquito, faltaba un segundo.
—¡Jenny ¿qué pasó? ¿qué hace aquí?! —le preguntó la psicóloga con tanta urgencia como si hubiera un terremoto en progreso.
—La policía no se va a convencer si no habla con mi mamá ¿si ve? —respondió Jenny.

Como todo lo demás, tuvieron que pasar años para que yo pudiera descifrar lo que sentía. Ella me parecía más adulta que el promedio de los de undécimo, que, a mi juicio, eran igual de imbéciles que los de sexto. ¿Cómo hacía? ¿Por qué tenía que ser tan especial? Años después, acordándome de ella, habría de enamorarme de una canción, Creep, de Radiohead:

Cuando estuviste aquí antes
No pude mirarte a los ojos
Tú eres como un ángel
Tu piel me hace llorar
Tu flotas como una pluma
En un mundo hermoso
desearía ser especial
Eres tan jodidamente especial
Pero yo soy un desgraciado
Soy un raro
¿Qué diablos estoy haciendo aquí?
No pertenezco aqu
í

Y el segundo que faltaba para que me sintiera como un mosquito, pasó. Salió la psicóloga, de cara larga y gafas redondas. No se acordaba que yo estaba allí, por lo que al verme se sorprendió y sin calcular nada, volvió la mirada adentro y pidió a la secretaria:
—¡Olguita! ¿Me hace un favor? Envíe una nota a la casa del estudiante Rodolfo Manrique —me señaló con la palma— contándoles que está viniendo muy sucio ¿si?
Sin mediar instante salió del lugar llevándose a Jenny, que, por supuesto, antes de desaparecer en el pasillo, volvió la mirada hacia mí con impresionada curiosidad. Pensé que nunca se es demasiado joven para querer morirse.

Al volver a mi salón, no pude ubicarme en mi destartalado puesto sin llamar la atención. Los demás estudiantes intercambiaban salvajes insultos y se lanzaban papeles hechos bola, pero al verme entrar, dejaron su juego para quedarse viéndome. Yo esperaba que, a los cinco minutos un joven profesor llegara e iniciara su clase. Entonces, daría un suspiro de alivio porque todo habría terminado y podría seguir con mi vida normal de estudiante. Pero la sangre se me bajó a los pies al ver lo que había en el tablero. Era un dibujo de, lo que deduje, era yo; hediendo y con moscas volando al rededor. En torno estaban escritos letreritos que decían ‘cochino’, ‘inmundo’, ‘apestoso’ y ‘maloliente’. Casi todos estallaron en risas y aplausos. Una minoría se mantuvo cabizbaja, señal que preferí sobre todo lo demás. Era la máxima muestra de empatía a la que podía aspirar. A continuación habló el autor del dibujo, un chico repitente (lo que significaba: mas grande, fuerte y matón) llamado Darío.
—Uich, Rodolfo, vaya y se queda una semana en remojo y después vuelve ¿si?
La risa de se gran séquito se tornó repentinamente más estruendosa, y él agregó:
—Ya no toca decirle Rodolfo sino Chucholfo.
Varios de sus seguidores se tiraron de sus sillas habiendo explotado de risa. Pero ¿saben? Yo y el bullying ya éramos pareja oficial. Nada de novedoso ni llamativo había en ello. Seguro, si me tomare la molestia de poner una queja, obtendría no más que una fastidiada reprimenda por querer hacerles perder el tiempo a los mayores. En contraste, algo que acababa de empezar a ocurrir en la calle sí fue digno de atención, y sin necesidad de bullicio alguno. Sólo el hecho de que la madre de Jenny —que me pareció excepcionalmente joven— dialogara con uno de los agentes de una patrulla en frente al colegio, ya daba de qué hablar. Después habría de enterarme que, el padre de Jenny las perseguía a ella y a su madre. Según decían, ellas huyeron de él al desatarse el infierno en su casa tras un intento de suicidio de Jenny. Ahora trataban de rehacer su vida en bancarrota, nada menos que en mi barrio y mi colegio. El padre culpaba, supuestamente, a la madre de Jenny por cosas que ocurrieron en Europa. La misma Jenny confirmaría para mí parte de esa historia el último día del año.

3 – Padrino

Un chico del curso llamado Wilson era repitente. Además de ser uno de los grandulones del curso, era afamado pendenciero y lo último que se decía por ahí de su notable persona era que, andaba calle arriba y calle abajo con los de una pandilla local. Con ese currículo podría haber sido peor que Darío, pero a Wilson le caí bien por alguna extraña razón. Nunca supe cuál. El hecho fue que en vez de acosarme, decidió ‘apadrinarme’, y tratar de convertirme en una respetable copia de él. Entre eso y que lo metieran a uno de cabeza en el excusado, la preferencia es más que obvia. Le parecía que yo estaba en edad de tener ‘goces’, o sea, un punto intermedio entre amigas y novias. Yo, no tenía ni siquiera amigas ¿cómo iba a aspirar a tener goces? En fin, Wilson ignoró el obvio pre-requisito. Me aconsejó cambiar de pinta, y hasta cierto punto lo hice. Me aconsejó burlarme de mis compañeras, y cuando lo intenté, solo gané que ellas se burlaran el doble de mí.
—Es que usted no sabe cómo hablarles a las viejas —se lamentó—. Ellas tienen qué saber que usted se las está montando por coquetearles, no por montárselas.
Por Wilson tuve mi primer contacto con pornografía. Solo era una vieja revista que conocían como “La Sueca”. En ella aparecían solo una mujer y dos hombres en multitud de formas de actividad sexual. Se me activó todo. Por otra parte, sentí gratitud porque esas revistas eran un sueño para mí, ya que las vendían en la farmacia. Estaban exhibidas en la caja registradora. Yo, una vez me aventuré a pedir una y el sujeto me preguntó:
—¿Y su cédula?
Yo, di la mejor respuesta que tenía siempre: Silencio. Entonces el funcionario me vio de arriba a abajo y agregó:
—Usted está como cuajado en eso ¿no? A ver le hago una excepción…
Dicho eso, se metió al panel que protegía la caja registradora para tomar una de las revistas. Pero debió asombrarse al volver al mostrador y ver que yo ya no estaba, pues había salido corriendo.
Wilson también me sugirió dejarme crecer un poco el pelo y usar un estilo menos infantil. Ah, y se me olvidaba, me sugirió una dieta proteica que cumplí hasta donde la cocina de mi madre me lo permitía. También dejé las maquinitas y las sustituí por el billar. No obstante, pinté la raya cuando me invitó a conocer a sus amigos pandilleros dizque para aprender a disparar armas de fuego. Como decían en esa época: “Se me arrugó”, igual que cuando intenté comprar una revista porno.

Sin embargo al límite que puse, las demás lecciones prosiguieron. Ya era la segunda mitad del año e inclusive se llevaban a cabo preparativos para el tradicional cierre con semana cultural. Algo muy dentro de mí, me decía que si yo quería crecer, debía descubrir qué cosa me gustaba y practicarla, como hacían los de cursos superiores en los festivales. Consejo absolutamente distante de las imbecilidades que me enseñaba Wilson. Pero, cual mocoso de 11, eché por el piso a mi intuición y seguí al lado de mi tosco padrino.
Lo recuerdo como si hubiese sido ayer: Durante un descanso particularmente despoblado, en el pequeño patio del colegio, Wilson me promovía de grado, presentándome chicas de undécimo. Yo por dentro me fundía de ansiedad, pues era algo que no quería, pero estúpidamente me había dejado convencer de que encajar era una necesidad y de que la forma de encajar era precisamente haciendo cosas que uno no quería hacer. Soberana estupidez. En fin, como se lo habrán imaginado, Wilson me bautizó con fuego, yéndose ‘de una’ por la más bonita del colegio.
—¿Quién? ¡No, ella no! —chillé.
—¿Por qué no? ¿qué tiene? ¡No sea bobo!
—Cualquier otra, menos ella —supliqué.
—¿Por qué? —se desesperó Wilson, pero pareció entender súbitamente—: Ah, ya sé… de verdad que usted está como enamorado de Jenny ¿no? —Entonces la ubicó rápidamente con la mirada y la llamó chabacanamente.

Yo, nunca en la vida había deseado tanto que iniciara un terremoto o que cayera una avión sobre nosotros. Jenny se aproximó tranquilamente y me quedé viéndola. El corazón iba a salírseme del pecho. Estaba seguro que ella me reconocería como el niño sucio y se pondría con disimulo la mano bajo su respingada nariz.
—Venga le presento un amigo —le dijo Wilson—. Rodolfo, ella es Jenny.
—¡Rodolfo! Como uno de los renos de Papá Noel —apuntó ella, viéndome a los ojos.
No dije nada, pero Wilson rió como hiena.
—Solo era un chiste, y no tan bueno —agregó ella, mirando a Wilson.
Él, paró de reír solo para apuntar:
—Él me ha preguntado por usted y tiene ganas de conocerla.
«¿Por qué no me morí cuando era chiquito?» me pregunté por dentro.
—Y… ¿Sabes hablar? —me preguntó ella.
Sentí como si alguien me acabare de inyectar ácido con una jeringa en el ombligo. Me parecía lógico que no decir nada sería mejor. Solo restaba esperar que pasara el episodio, aunque en medio de la vergüenza, hasta esperar era largo.

4 – Ni churros ni tortas

En efecto, los eternos segundos al fin pasaron y dejaron cancha al escenario en que Jenny regresó con sus amigas y nos dejó a solas, para que Wilson se burlara de mí partiéndose de risa y luego, me manifestara su cruda decepción por mi aparatoso fracaso como hombre. Al regresar a mis asuntos de estudiante de grado séptimo, me topé con que alguien había derramado un vaso de yogur dentro de mi viejo morral camuflado. Al menos era yogur, porque a otros se lo hacían con orines. Había, entonces, algo por lo qué sentirme optimista.

Al día siguiente, al descanso, estuve evadiendo a todo mundo. Con “todo mundo” me refiero a dos personas: a Wilson y a Jenny. Casi ni bajo al patio, pero entre el hambre y un profesor me obligaron. Me formé en la cola para la cooperativa. Como había hecho roña para asistir, podría no haber ya churros ni tortas, sino puros paquetes de galguerías. ¿Qué debería pedir? «¿Qué pido?» pensé, tocando con la yema de mi índice mi labio regordete.
—¡Hola! Adivina quien soy —me sorprendió alguien, cegándome con sus manos.
Volteé y la vi.


—¡Tranquilo, no quería asustarte! —me dijo, mostrándome las palmas de las manos—¿Cómo estás?
Mi reacción se debía a que estaba acostumbrado a ser burlado y acosado, pero ni de chiste acostumbrado a que nadie me tocara de forma amistosa. Volteé a ver: Así que esas manos eran de Jenny.
—¿Cómo estás? —insistió.
—Bien —contesté, estúpidamente. Es lo que se supone que se debe contestar a esa pregunta ¿no?
—También te agarró el tarde hoy, no debe haber churros ni tortas. ¿Qué vas a pedir?
—Papas fritas, creo.
—Sí, siempre son mi tercera opción, también.

Yo quería pellizcarme.

Cinco minutos después, Jenny y yo subíamos las escaleras y yo ya me había dado al menos tres pellizcos. Iba comiendo mis papas con sabor a pollo, pero decidí enrollar la abertura del paquete para guardarlas, pues ella ni siquiera las había destapado y las llevaba junto con un refresco. Ir comiendo definitivamente me hacía ver más niño. Eso creí y eso hice, aunque me burbujeaban las tripas de hambre.
—Y ¿donde dejaste a tu amigo Wilson? O… ¿Ya no son amigos?
—Ya no —dije, después de titubear.
—Bien por ti —afirmó categóricamente—. Él alardea mucho. ¿Tú sabías que las personas que más hablan son las que menos tienen para decir?
Y ahora eso. Jenny hablaba como una de esas personas que desde jóvenes ya han vivido y aprendido un jurgo de cosas y hablan como mi abuela. Cosas sabias, pero desprovistas de la amargura de la edad y en cambio, edulcoradas con el encanto de la belleza y la juventud. Jenny dijo eso y, en ese momento, a duras penas entendí, pero me hizo evocar a Julieta García, una precoz presentadora de televisión que me hacía suspirar. No tenía ni 18 y ya entrevistaba a la estrellas de la música, como Shakira o a deportistas como el Pibe Valderrama. Jenny me hizo pensar algo que nunca había pensado a causa de nadie: “Querer ser cómo…”. Mucho mejor que Wilson ¿no?

—Señorita Matíz —le habló un profesor— Felicidades por su reseña.
Le sonrió mostrándole un signo de excelsitud con los dedos. Yo, ingenuamente, me uní al regocijo de ella por ser felicitada y tuve la muy idiota idea de sonreír, cosa a la que el profesor reaccionó felinamente, borrando la sonrisa y mirándome como si quisiera escupir sobre mí.
—¿Por qué no ha ido a su salón? Señor… —mostró un colmillo, como si revolcar en su memoria para buscar mi nombre le hubiera dado jaqueca.
—Rodolfo viene conmigo, profe, voy a ensayar un baile y él me va a manejar la música.
La mirada del profesor fue como una espada que me rajara desde la coronilla hasta el pubis.
—Usted verá, Señorita Matíz.
—Tranquilo, profe, yo respondo por él.
«¿No pueden hacerme sentir más niño?» pensé. Pero, al decir eso, Jenny pasó su brazo detrás de mí y apretó toda la punta de mi hombro con su mano. Además, pegó su cadera a mi costado. Sentir su cuerpo tibio y macizo fue como si sobre mí cayese un rayo. Hasta su aroma me llegó al rostro y lo sorbí con ensoñación.
Habiendo el agrio profesor seguido su camino, Jenny me preguntó:
—¿Sí?
—“Sí” ¿qué?
—¿Vienes conmigo? Acompáñame a mi ensayo y me ayudas con la grabadora.
Aligeró el paso y me tiró de la mano.

5 – Cambio de tutor

Cruzamos el umbral de la puerta entrando a un viejo salón de mi colegio, al cual yo nunca había llevado mi presencia en ocho cursos. Ella, en su segundo año, ya podía llamar a la psicóloga sin esperarla, no asistir a clases para ir ensayar, y conocía todo el colegio. Y la chica especial había elegido al weirdo más weirdo para que le manejara la música en su ensayo.
Allí estaban varios estudiantes más, antiguos ellos, como decía la rectora: “guaimarones” de undécimo. Pero, a pesar de verse vetustos, las chicas voluptuosas y los chicos hoscos y con voces gruesas, justo ese día no los vi como algo amenazante. Jenny estaba de a pocos quitando el odioso velo de las apariencias. La inusitada inspiración que ella invocó en mí, fue mágicamente sembrada también por los demás. Yo sentía que quería ser, no solo como Jenny si no como cualquiera de ellos.
—¿Te gusta Michael Jackson? —me preguntó Jenny, extendiéndome un casete a donde estaba yo sentado.
—¡Sí, mucho!
—Búscame esta canción —señaló un título en la parte trasera de la caja.
Decía, en letra muy clara In the Closet. Lo de la letra clara me sorprendió porque era un casete original, y yo jamás había visto uno, porque solo tenía cientos de casetes piratas. Jenny se dio vuelta y, hablando de sus cosas animadamente con una de las otras muchachas de undécimo, se quitó el saco del uniforme. Su cabellera, al ser levantada por la prenda y luego cayendo otra vez, me lanzó su concentrado aroma. Luego, mientras yo ponía el casete, Jenny se quitó la blusa en un movimiento repentino. Me quedé detrás de ella con los ojos como para caérseme de la cara. Se puso rápidamente una ceñida camiseta blanca. Pero todavía no acababa el impactante show. Se dobló para ponerse un “chicle” azul brillante. Para ajustárselo se subió la falda, cerca a mi cara, que debió tener la expresión más lánguida de toda la vida. Jenny volteó y me preguntó, sonriéndome con descarada picardía:
—¿Listo?
Mi mente de pre-adolescente de los 90s no pudo con el peso de la experiencia. La evidencia de que el espectáculo había sido intencional, fue como instalar e intentar correr un programa de modelación 3D en un computador con 16Mb en RAM. (Nota para los millenials: Sí, esos computadores sí existieron).
Jenny se quitó la falda y la arrojó al pie de la grabadora, por lo que la prenda, cargada de su electricidad y aroma, pasó delante de mi suertuda cara.
—¡Qué suene la música, Rodolfo! —exclamó.

El baile fue un mágico derroche de energía y sensualidad. Mientras el ensayo transcurría y yo babeaba viendo a Jenny moverse, reconocía en lo privado de mi cabeza que hacía mucho… ¡no! Mucho no ¡muchísimo! Que no estaba tan feliz. Yo hacía lectura braille de los botones de la casetera para detener, rebobinar y reproducir, pues no quería perderme un segundo de Jenny —ni de sus compañeras— bailando. Sus voluminosas formas me tenían hipnotizado. También, incluso, reparé en los chicos. Los envidié por estar así de cerca a ellas.
Mientras yo rebobinaba, los oía hablar de sus cosas y pretendía entenderlas, como si yo perteneciera a su contexto. Cuando ellos reían, yo reía (sí, estúpidamente).
Como es ley natural, así como el mal tiempo anda a lomo de babosa, el buen tiempo anda en moto. Por estar con maduros chicos de grados superiores sin ataduras infantiles, la hora de salida había pasado hacía quince minutos y no me di cuenta.
—Tu amigo ¿de qué curso es? —preguntó una de las chicas a Jenny— ¿Puede quedarse?
—Nosotros nos vamos a las 2:00. No hay problema ¿cierto? —me preguntó Jenny.
Su cara estaba enrojecida y su remera pegada a su dorso. Respiraba con provocativa profusión.
—Claro, no hay problema —dije.
Pero lo que pensé fue: «A mi mamá le va dar un infarto». Pero, a pasitos de ganso cagado, va uno dejando de ser un niño y va empezando a hacer cosas de hombre. Así que otorgué, como si fuera una medalla de honor, la prerrogativa a mis ganas de estar una hora más con la deslumbrante nueva amiga que se había puesto la lycra delante de mi cara. Eso demostró, de paso, que no se necesita un pinche tutor matón para atreverse a hacer cosas, por pequeñas que fueran, por una mujer. La propia mujer en cuestión es todo lo que se necesita.

6 – Darío el grande

Estuve ardiendo en deseos de que pasara esa hora, creyendo ingenuamente que Jenny volvería a cambiarse de ropa en frente mío. Pero desgraciadamente no fue así.

—Gracias por tu ayuda. Te nombro mi asistente oficial en mis ensayos ¿qué te parece? —me preguntó.
—¡Bacanísimo! —brinqué de felicidad.
Wilson me hubiese dado un pesado coscorrón por demostrar el inconveniente entusiasmo; pero Jenny, en cambio, dijo:
—¡Ese es el ánimo que lleva al éxito, carajo!
Entonces cambió el tono y agregó:
—Tú no estás bravo por lo del reno de Papá Noel ¿cierto?
—No, que va.
—Chócalas —levantó sus manos.
Hicimos el ritual de amistad, chocando las palmas. Yo estaba hecho miel, flotando sobre las nubes y con una hasta entonces experimentada mezcla de lujuria y amor. Ella, se portaba muy bien conmigo, tanto que hacía tambalear mi agria perspectiva de que todos los seres humanos eran un asco. Y, persistía también la imagen en mi cabeza, nítida como el presente, de sus redondos glúteos llenando milímetro a milímetro ese elástico chicle azul brillante y su falda recogiéndose trancada en sus muñecas. El ruedo de su falda tableada de entramado escocés de rojo y azul, siempre estuvo pegado al cinto de la prenda de lycra. No le vi ni un milímetro de piel. Sé ahora, de hecho, que así fue más insinuante todavía. Las mujeres tienen ese maldito súper-poder de atraer sin jalar.
Me despedí de ella, sin ocultar mi jubilosa cara de ponqué de fiesta. Y ¿por qué habría de hacerlo? Tal parecía que la gregaria gente había aprendido a hacer lo contrario. A aparentar a toda hora. Pero, si Jenny quería que me sintiera bien ¿por qué habría de avergonzarme el que lo lograra? ¿Qué diría Wilson? Ah, sí: “No demuestre el hambre”. Con razón eran tan abusivos algunos con otros. Esos abusivos estaban temblando permanentemente de miedo. En fin.

Jenny se marchó y yo entré a mi salón, pero volví a asomarme porque no resistía y quería ver un poco más su portentoso trasero. No me gustaba que se fuera, pero me encantaba cómo lo hacía. Tuve una erección.
—Miren al pervertido del Chucholfo —me sorprendió una voz desagradable—. ¿Usted se queda hasta las 2:00 para ver los ensayos y excitarse? Si yo no estuviera aquí ¿qué? ¿Ya se estaría haciendo pajas?
La palabra “excitarse” me sonaba a grosería. Una de esas palabras que usaban chicos de colegios aún más problemáticos que el mío. Algo que decían los mayores y que suponían con vehemencia que los niños no debíamos decir. Y, acababa de ser usada en mi contra. Lo otro, lo de “hacer pajas”, no lo entendí. Era la primera vez que lo oía. Quien había dicho esas cosas fue Darío, mi matón de cabecera. Se me heló la sangre y prácticamente me paralicé de miedo, pues jamás en la vida había estado a solas con él.
—¿Si se acuerda que le tocaba hacer el aseo hoy, Chucholfo? Pero como Chucholfo estaba ocupado con las de once, a la profe Zulma le pareció buena idea que yo hiciera el aseo. Pero tranquilo, que lo esperé para que me pagara de una vez.
Me rodeó y se puso frente a mí, acercándose más de la cuenta. Sentí su grueso aliento en mi cara y el temible peso de su cuerpo, solo con el contacto de su mano en mi pecho, la que puso en son de “a ver mi plata”. Pero, como yo no le debía nada, hice caso omiso a mi propia interpretación de su amenaza. Era apenas lógico.
—¿No me va a pagar? —Preguntó con tanta tranquilidad que tuve la sensación correspondiente al aviso de mis tripas de que era hora de defecar.
Entonces me levantó en peso, tan solo de una oreja. Yo quise gritar pero sabía que eso solo aumentaría la intensidad del ataque. Traté de agarrame del brazo de él, pero Darío pudo agarrarme ambas manos con su mano libre y tirar de ellas hacia abajo.

A ver ¿A quién con dos dedos de frente se le ocurre poner a estudiantes sobre-desarrollados para su edad, a repetir curso con estudiantes nivelados, incluso adelantados (o sea, más chiquitos que los nivelados)? Esos administradores educativos debieron ser matones, también.
No sé cuánto duré ahí colgado de su mano, con él mirando el reloj del salón (en serio ¿estaba midiendo el tiempo que me aguantaba levantado?) y respirándome en la cara. Al fin me soltó, pero sólo porque unos profesores venían. Me arrojó al piso y me ordenó:
—Escóndase.
Yo me arrastré tras unos pupitres agarrándome la cabeza a dos manos. Me acurruqué a resistir el dolor y a resistir con el doble de voluntad el chillar. Tuve que ahogar el llanto y tragármelo. Los sollozos querían salir con mucha fuerza, y yo los reprimía con igual presión. Estaba temblando como zaranda, con la cara oculta ente las rodillas y mis antebrazos cubriéndome los costados de la cabeza. El dolor desde dentro de la oreja y en torno a ella era desgarrador.
—¡Dariíto! —dijo una de las profesoras que pasaba—, ¿Qué hace a esta hora aquí?
—¡Haciendo aseo! Profe usted sabe que yo soy comprometido con el colegio.
—Ay, eso está muy bien, Darío, lo felicito sinceramente —dijo el otro docente.
—¿Los profes vieron el partido ayer?
—Claro, imperdible ¿qué tal?
Lo siguiente que dijeron no lo entendí porque ya iban lejos.

Al día siguiente llegué al colegio con los cuadernos que me quedaban metidos en una mochila de lana multicolor. No podía verme más ridículo.
—Pintoresco su nuevo estilo, señor Manrique—me dijo la profesora Zulma.
—Profe, es que ayer me desaparecieron mi maleta y me destruyeron varios cua…
—Profe Zulma —interrumpió un profesor—, póngase estos audífonos y oiga.
El recién aparecido quería impresionar a Zulma con el sonido de un Discman. Efecto que quedó muy claro cuando ella abrió los ojotes y tocó los auriculares a manos llenas, sonriendo como nenita y mostrándole su asombro al otro. Supe que no debía intentar más contar lo que me habían hecho al día anterior, ni siquiera lo de la casi arrancada de oreja.

7 – Mina Murray

Pasó un par de meses más y las actividades académicas prácticamente habían cesado. Los esfuerzos y la mente de todos estaban puestos, como siempre, en el cierre cultural. ¡Pero qué buenos tiempos eran esos! Abundaba la música folclórica. Cuando sonaba la gata golosa porque por ahí un grupo estaba ensayando el baile, todo mundo ya sabía que el año estaba terminando. Si sonaba la Guaneña, todos se llenaban de recuerdos del año anterior y emergía la ansiedad de acabar el año. ¡La música folclórica era como un pródromo de los venideros villancicos! Imprescindible era también la música Andina. El Pájaro Campana era el himno de ese buen año 1995. Aún al sol de hoy, pienso que es de las piezas musicales más bellas que existen. También se preparaban puestas en escena de María, La Vorágine, y Llano en Llamas. Pero los grados superiores montaban obras de novelas traducidas, como Madame Bovary, El Viejo y el Mar y Jane Eyre. Sus nombres, escenarios y vestimentas imprimían una dosis extra de magia en las galas. En una palabra: Inolvidable. Y los de música, como si lo ya descrito fuera poco, siempre se llevaban las marejadas de ovaciones. La orquesta del colegio era ganadora de varios premios distritales, y a parte de interpretar la música para los de danzas, al cierre siempre armaban la fiesta tocando.

Jenny interpretaría ese año, nada menos que a Wilhelmina Murray. Estuve apoyando sus ensayos también, poniendo música incidental para ambientar las escenas, interesándome cada día más por leerme Drácula, y claro, deleitándome, babeando y suspirando cada vez que Jenny se sacaba el uniforme y se quedaba en su ropa deportiva cómoda para ensayar. Lo poco que restaba del año se estaba yendo como agua entre un sifón, y yo, igual que aquél último día que les relaté, pasé muchos otros subiendo gloriosamente al cielo y bajando estrepitosamente de vuelta al infierno. Mi ángel era Jenny y mi verdugo… ya saben, ese hijo de puta de Darío.

Entonces, sin previo aviso, irrumpió la tempestad. Con una rapidez que, en aquellos momentos, parecía increíble, y que aún después es inconcebible; todo el aspecto de la naturaleza se volvió de inmediato convulso. Las olas se elevaron creciendo con furia, cada una sobrepasando a su compañera, hasta que en muy pocos minutos el vidrioso mar de no hacía mucho tiempo estaba rugiendo y devorando como un monstruo.

Jenny grababa el texto de su personaje para que durante la obra sonara como narración. Era como la séptima repetición ese día, y como la enésima durante semanas. Yo ya me lo sabía de memoria también. Mi musa cada vez lo hacía mejor, y cuando hacía la locución las últimas veces, parecía que fuera poseída por el espíritu del personaje. Cada vez era más Mina y menos Jenny. Hasta la voz le sonaba más dulce.

Olas de crestas blancas golpearon salvajemente la arena de las playas y se lanzaron contra los pronunciados acantilados; otras se quebraron sobre los muelles, y barrieron con su espuma las linternas de los faros que se levantaban en cada uno de los extremos de los muelles en el puerto de Whitby.

Al terminar la sesión de grabación y salir, descubrí con beneplácito que el patio del colegio estaba lleno de artistas que pintaban la escenografía de Draćula y de otro par de obras. Los de grados superiores siempre hacían cosas tan buenas, y los de undécimo siempre la rompían: Estaban pintando una serie de cartones cortados en forma de olas, y también las goletas, para moverlas mediante cuerdas desde detrás de bambalinas el día señalado.

En el tiempo que había pasado, ya había roto yo el cascarón de la inocencia y me había imaginado cosas pornogŕaficas con Jenny, además de un sin número de fantasías románticas. Mi más recurrida trama mental tenía como hilo conductor, que nos quedábamos después de los ensayos y nos escondíamos por ahí a hacer el amor. Pero en todas esas historias, yo siempre era un hombre, no un niño. Alguna vez traté de imaginarlo todo sin convertirme en un hirsuto motociclista, pero era muy poco ‘arrechador’. Es más, tiraba la fantasía al pozo del desencanto. «Qué mierda ser un niño, ya quiero crecer» me decía a mí mismo. Otras veces, solo reproducía en mi mente el video mental que había tomado ya fuera de sus bailes o de cuando ella se sacaba el uniforme delante de mi impávida cara. No era necesario ni siquiera que yo mismo entrara en la fantasía. La masturbación era algo que conocía desde muy chico, aunque no supiera que la llamaran ‘paja’. Y Jenny fue la primera que me llevó a ser adicto a tal práctica. Yo, vivía cada día buscando ‘material’ qué capturar en mi memoria para matarme a pajas luego.

8 – Upskirt fulminante

Llegó el día en que tendría lugar el último ensayo de todas las obras. Lo solían llamar “ensayo en caliente”, o sea, en el teatro, con el vestuario y la escenografía. Yo estaba dichoso por varias razones: Porque había aprobado el año, porque andaba con Jenny para arriba y para abajo y porque amaba los viernes de semana cultural.
Ocupé mi lugar con la grabadora y el casete listo, conectado al amplificador del teatro-cine. Dicha posición era entre la primera fila y el escenario, una especie de trinchera. Los que acababan de ensayar recogían a toda prisa sus instrumentos y darían paso al grupo que interpretaría partes de la máxima obra de Bram Stoker. Me encantaban los fondos de paisaje terroríficos que habían logrado, en colores mate y con una luna de luz penetrante y fría en medio. También hicieron las láminas del castillo y del carruaje. A veces el artificial paisaje de cartón se tornaba psicodélico, porque los del grupo de música ponían a prueba su juego de luces estroboscópicas. Yo moría de ganas de participar algún día en un montaje tan completo y magnífico.

—¡No me diga que ese es el vestido de Mina! —exclamó una de las actrices.
Y había gritado como si hubiere visto un incendio, pues la pinta de Jenny no era más que un faldón blanco con encaje, que más la hacía parecer una campesina Boyacense en ropa interior.
—Me quedaron mal con el vestido, pero para mañana sí está ¡juradito! —Respondió Jenny, besándose la uña del pulgar.
—¡Pero ¿y si le quedan mal mañana también?! ¡Usted no puede salir así, Jenny!
—Y no voy a salir así, se lo juro.
Por el amor que le tenía, sentí incluso más preocupación que ella. Me abrasé en la ira de ser un pobre mocoso. Me habría encantado ser una especie de salvador, el hombre que soluciona los problemas, le acaricia el cabello a ella y dice «Ya, ya pasó, no era nada». El hombre grande, fuerte y confiable. Pero no era más que…
—¡Chucholfo! —me gritó Darío desde la platea, al verme delante de la casetera—. ¡No la vaya a cagar con la música ¿oyó?!
El matón tenía un sombrero de paja, camisa y pantalón blancos y alpargatas. Agradecí a Dios que su machete fuera apenas de utilería. Darío Interpretaría una Cumbia. Tan pronto él se cercioró de que yo me sentía mal, sonrió, se puso el sombrero y se fue.
—Cuando quieras le damos una lección a ese —me sorprendió Jenny—, es peor que Wilson, mucho peor.
Ella se acababa de aproximar con sigilo hacia mí, andando sobre el tablado y al final acurrucándose para hablarme de cerca.
—¡Já! —Exclamé.
—¿Ves? Tengo razón.
—No vale la pena, Jenny —renegué.
—Jum… creo que sí, pero ahorita no. Ya habrá el momento.
Quise insistir en que no, pero ella se incorporó de arrebato y giró para andar hacia su ensayo. Su falda levantó vuelo y fue la primera vez que le vi el trasero. Contra todo pronóstico, llevaba meses viéndola ponerse sexies bicicleteros o pantalonetitas con sendas aberturas laterales sin quitarse la falda pero nunca le había visto la cola. Y si entonces apenas podía esperar a masturbarme, ahora…
¿Por qué no podía ser como ese adulto que imaginaba, el velludo y medianamente musculoso motociclista o, el que conseguía con uno de sus innumerables contactos un vestido de la Inglaterra del siglo XIX en cuestión de minutos? ¿Por qué tenía que ser simplemente Chucholfo?

No pude disfrutar del ensayo como lo había imaginado, preso de la ansiedad y sin poder sacarme de la cabeza el culo de Jenny. La vi hacer su papel con su ridículo vestuario provisional, tratando de volverla a ver por debajo, pero no fue posible puesto que la falda era muy larga. Iba a decir “nunca había visto un culo así” pero, la verdad es que “nunca había visto un culo”. Más fiel a la verdad es decir “No volvería a ver un culo así en décadas”. Ya saben, por que era una muchacha de 15 años, y además, fue a mediados de los 90. Me impresionó lo liso de la piel, el tono muscular y la extraordinaria longitud de las piernas. Me estremeció el vistazo de un segundo y medio a su pequeña ropa interior ceñida, casi tatuada, negra y con encaje. Fue mucho más abrumador que lo que veía en las portadas de ‘La Sueca’ en la farmacia. «¿Qué demonios tiene que es tan especial?!» me maldije preguntando. «¿Será de verdad de otro planeta, o será un ángel?» Con mi mente actual de viejo, la respuesta es más que obvia, y se las ofreceré so pena de romper el posible encanto: En aquella parte de Bogotá en la última década del siglo XX, los gimnasios eran ‘cosa de otro mundo’. No obstante, Jenny sí venía de otro mundo, pues había sido niña rica ¿ya?
Terminado el ensayo, corrí a los baños del teatro, adivinen a qué.

9 – La Alabarda rota

Camino a los baños pasé al lado de la profesora Zulma, que estaba de ira pegada al techo. Tenía las manos ocupadas con papeles y los hacía casi tronar al batirlos llevándose las manos a la frente y conteniéndose de conjurar la sarta de maldiciones que nacían en su pecho, solo por la decencia que le obligaba su puesto. Frente a ella estaban, entre avergonzadas y preocupadas, la chica que interpretaría a Dulcinea y sus amigas.
—Busquen ya quién haga a Don Quijote porque me mamé de Don Wilson y su falta de seriedad —tronó la docente, fusilando con su huesudo índice a las inocentes.
—Profe, espérelo dos minuticos más ¡por favor! Seguro que todavía está haciendo el vestuario, ¡que una armadura no es nada fácil!
—¡No lo defienda!
Seguí mi camino casi regocijándome en el infortunio de Wilson. Algo malo tendría que pasarle de vez en cuando a los malos ¿no? Sea como fuere, el asunto ya pasaba por olvidado para mí cuando llegué a mi destino. Le puse play a mi video-casetera mental que contenía la cinta con los prodigiosos glúteos de Jenny. Reconocer que a los once años era un pervertido incontrolable va a media brecha entre lo vergonzoso y lo divertido. Me encerré en uno de los cubículos de los baños y opté por la fantasía menos elaborada, más rápida y más adecuada para la ocasión. Sólo ver, ver otra vez y volver a ver en mi mente. Dejar que cada célula de mi cuerpo se cargara de lascivia igual que si fuera corriente eléctrica. Repasar la visión de forma tan detenida y minuciosa que me temblara la cara, sobre todo mientras dicha visión siguiera fresquita en mi mente, casi todavía impresa en mi retina. Y ahí estaba ‘dándole’, a poco de llegar al final… pero tocaron bruscamente a la puerta del cubículo.
—¡Agh! ¿Quién está ahí? ¿Se demora?
Fue como si una mano monstruosa me alcanzara en las alturas por las que volaba y me halara violentamente al suelo, azotándome. Era la voz de Darío.
—¡Conteste! ¡El que esté!
Razoné que, si estaba tan apurado, no tendría tiempo de acosarme, solo de usar el baño, y yo podría perderme. Por eso abrí la puerta.
—¡Ja! Pero miren quién es… ¡Chucholfo!
Venía con dos de sus esbirros. Se hizo paso a un lado de mí y tiró algo a la tasa del baño. Bajó el agua.
—Usted no vio nada ¿oyó Chucholfo? —vio mi cara de confusión— ¿Qué, quiere probarla?
Pero el asunto del primer primerísimo brote de drogas en ese colegio y mi calidad de testigo, pasaron a no importarme una mierda, con lo que pasó a continuación. Uno de los secuaces de Darío soltó la risa, una risa de esas de adolescente cuya voz está en plena metamorfosis.
—¡Pille, Darío; pille! —exclamó, con su voz de tarro oxidado.
El chico señalaba mi entrepierna, donde todavía se veía una erección que la delgada sudadera no podía ocultar. Todos estallaron en risas.
—¡Ese chino se la estaba jalando! —dijo el otro.
Pero Darío fue más allá:
—¡Venga, tráigalo!
Entre Darío y uno de sus ayudantes, me agarraron por los brazos y me levantaron para llevarme afuera.
—¡Sorprendimos a este cochino masturbándose! ¡Miren, todavía la tiene parada!
Me agarraron de tal forma que mi dorso se doblaba hacia adelante. Estaba totalmente inmovilizado y apenas podía patalear. En pocos segundos había un corrillo de estudiantes en torno.
—¿No sabe que se queda ciego si se la jala? ¿No se lo dijo su mamá? —gritaba Darío.
—¡Venga! Llevémoslo a la platea! —aportó uno de sus geniales amigos.
A Darío debió parecerle una buena idea, porque emprendió rumbo a la escalera del escenario. Para mí, a decir verdad, solo era otro episodio de matoneo. No había que hacer mayor cosa que esperar a que terminara. Pero… ¡mierda! En el escenario debería estar Jenny. Dejé de patalear. Sentí que la sangre de todo el cuerpo se me enfrío de un segundo para el siguiente. Creí que defecaría y para colmo, el diafragma empezaba a empujar de la forma que corresponde al pródromo de un desesperado llanto. Darío terminó de ascender conmigo cargado como un muñeco. Los artistas que había en el escenario voltearon, pero ninguno pareció divertirse.
—¡Pajón, llevamos un niño pajón! Ah, ya sé ¡Pajolfo, llevamos a Pajolfo!
Al otro extremo de las tablas, vi a Jenny. Estaba, como todos, viendo el patético espectáculo. Yo estuve por tener el primer pensamiento suicida de mi vida, pero escuché algo quebrarse. No, no había sido mi dignidad, esa ya venía rota. Fue algo como un palo.
—Uhy marica —se quejó Darío—, pobre hijueputa el que trajo esta lanza, ya le tocó pegarla con mocos.
Lo que vino a continuación fue de los momentos más emocionantes de mi vida colegial. Darío acababa de pararse encima de una pieza de utilería, con la torpeza propia de su paupérrimo ser y como consecuencia del esfuerzo de llevarme como títere. Frente a él apareció nada menos que Wilson, vestido con armadura y yelmo —de cartón y papel aluminio— y barba falsa.
—¿Cómo que ‘pobre hijueputa’? Además no es una lanza, es una alabarda ¡güevón! Y sí la voy a pegar ¡pero con los mocos de su madre!
Darío me soltó como a un trapo sucio, para encarar Wilson.
—Repita eso —exigió Darío, dando una paso al frente.
Wilson fingió una risilla, fingió también darse vuelta, pero sorpresivamente regresó y atestó el primer mueco de lo que fue la pelea más brutal que vi en mi edad escolar. Al contrario de como hacían los de mi tamaño o las mujeres, no se abrazaron, rodaron ni gruñeron. Una vez puso la primer piña, Wilson se preparó para la reacción, con ambos brazos arriba y los puños cerrados a los lados de la cara. Empezó a rodear a Darío casi bailando. Darío evaluó si el puñetazo le había sacado sangre. Se incorporó y adoptó la misma posición que Wilson. Algunas chicas les gritaban suplicando que no se reventaran, pero el bullicio de los demás, que solicitaba acción, era mayoría. Puños iban y venían, y aquellos que acertaban sonaban tan fuerte que dolía oírlos ¿cómo sería recibirlos? La contienda sirvió, por un lado, para que mi vergüenza se olvidara casi de inmediato. Tuve suerte. Tal vez fue un par de minutos de pelea, máximo. Primero se formó una corona de espectadores al rededor de ellos, tan tupida que me sobrepasaron y no me dejaron ver más. Luego llegaron profesores a detener el asalto. Yo, obvio no esperaba que nadie me incluyera en la historia. Para la consciencia colectiva, todo había empezado con la rotura de la alabarda, mientras que cualquier cosa anterior era ripio. Así que podía yo arrastrarme en medio de la agitación y volver al sano refugio de mi anonimato. Vaya exabrupto. Y todo por el trasero de Jenny.
—¿Cómo estás? ¿Qué te hizo?
Justo era ella. Pero su consternación, a años luz de ser un bálsamo para mi atormentada alma, hizo resurgir mi vergüenza. ¿Cómo no? Ella recién aparecía como la única que me tenía en cuenta, la única para quien yo existía, y yo venía de ‘pajearme’ por ella.

El zafarrancho tuvo un inesperado efecto encantador para mí. Hubo toda una conmoción, ya que los directivos pararon los ensayos y reunieron a todos para dar un discurso sobre la conducta y para usar la vergüenza como látigo para los alborotados peleadores. Tuvieron qué permanecer lado a lado, con la nariz reventada el uno y la boca el otro, mientras el rector los exponía en evidencia.
Eso ocurría allá en el mundo físico, de piedra y polvo; porque yo estaba a un lado, con Jenny. Ella podía darse esos lujos, puesto que era esa típica chica especial ¿recuerdan? y nadie repararía en mi ausencia, pues yo era el weirdo. Jenny me condujo gradas arriba para que sostuviéramos una charla. Me llevó de la mano y una vez sentados a solas en las escalinatas altas del auditorio, me preguntó:
—¿Te pegaron?
—No.
—Si quieres yo hablo con los directivos —ofreció seriamente.
—¡No!
—Lo supuse.
Hubo un corto silencio. Me sentía demasiado avergonzado e insignificante, y el hecho que mi platónicamente amada yaciera a mi lado viéndome con compasión, solo empeoraba el panorama de mí mismo.
—¿Quieres saber por qué Wilson se enfureció tanto por la lanza rota?
—Alabarda.
—Eso, perdón. ¿…la alabarda rota?
—¿Y a mí qué me importa? —alcé los hombros.
—¡No seas grosero! ¿Yo tengo la culpa de algo?
—¡No, perdón! —me desesperé.
—No hay problema. Mira que Wilson vive solo con el papá, y la falta de la mamá lo afecta toneladas. Los papás se pelearon hace años. La idea de que Wilson participara en la semana cultural fue de la mamá de él, precisamente cuando supo que montarían algo del Quijote.
No sabía porqué Jenny me contaba esas cosas. En verdad no me importaban un carajo. Era parte de la insuficiencia mental de tener once años. No obstante, una voz interior me dijo que la escuchara, que «Quien quita y entienda y hasta vaya y madure un poquito. Además, si no quiere parecer un niño ante ella, no se porte como uno». Así que escuché.
—Don Quijote es supuestamente súper especial —siguió ella— para la mamá porque en una obra fue que se conoció con el papá de Wilson. Y adivina, los señores se reunieron para hacerle el vestuario a Wilson. Y les quedó bien ¿cierto? Se esmeraron tanto que al chino le agarró el tarde. Imagínate lo que significa eso para Wilson, y lo que le dolió que hayan roto la lanza. Digo, la alabarda.
No pude sino sacudir la cabeza como para tirar hormigas que caminaren sobre ella.
—Y ¿usted cómo sabe eso? —casi exclamé.
—Yo me la paso con la psicóloga ¿No te has dado cuenta? Una se entera de muchas cosas.
Saber que Wilson tenía alma, fue trascendental, tal como mi voz interior predijo. Y Jenny lo leyó en mi cara, por lo que agregó:
—Hasta un hijo de puta como Darío también debe tener una historia.

10 – Viernes cultural

Último día del año. Excepto por la entrega de notas, y por la ceremonia de graduación, para los de undécimo. Era un día más que especial. Hasta parecía que todo año se enfocaba solo en ese cierre en el teatro y que todo lo demás fuera simple excusa. Estábamos todos desde temprano en la mañana y estaríamos hasta casi las diez de la noche, cuando saliera todo mundo, padres con sus hijos con restos de sus vestuarios todavía colgando de sí y saludando a las vacaciones de fin de año. Quienes con más suerte contaran, habrían de salir del teatro esa noche estrenando novia. Yo, no aspiraba a tanto, obviamente. Sin embargo, lo que me deparó el destino fue cien veces superior.

—Señor Manrique —me llamó la rectora.
Ni supe ni qué sentir. Esa señora jamás me había dirigido la palabra, es más; nunca había oído su voz diciendo mi apellido. No podía ser para nada bueno.
—Venga conmigo.
En un rincón del teatro me dijo que habían conseguido quien manejara el sonido de la obra del curso de “la señorita Matíz”, que yo no me preocupara por eso ya. Supuestamente yo más bien debería pasar el día con la psicóloga. Me dijo que anduviera con ella antes que abrieran el teatro al público.
¿Ven? No era para nada bueno. Obviamente, la rectora no esperaba respuesta de mi parte, pues lo que hacía no era una propuesta sino dar una orden. Se volvió y se marchó sin verme. Como si lo hubiesen tenido preparado, la psicóloga me llamo desde lejos:
—Rodolfo ¡ven!
Que se hubiese aprendido mi nombre mágicamente, igual que la rectora, me dio mal augurio. Era más que obvio que habían estado hablando ya de mí. Además, su tono amistoso era inconfundiblemente hipócrita, peor actuado que El Renacuajo Paseador por los de grado primero. Acudí y ella me pasó el brazo sobre el hombro.

Pasé veinte minutos con ella, dizque ayudándole a revisar que varias decoraciones estuvieran bien pegadas. Al principio me lo creí, pero cuando revisé tres y me di cuenta que estaban perfectas, deduje que me estaban haciendo ocupar en lo que fuera. Me sentí insultado, pero a los once años no se tiene tanto carácter para hacerlo notar. Es más, seguí revisando el reverso de los escarchados anuncios para ver si sus hilos de nailon no se habían toteado mágicamente. En seguida ocurrió lo que me hizo esclarecer todo: Darío y sus amigotes pasaron por la escalinata central, a una distancia tal que yo podría ocultarlos solo con mi mano. Mostrando tal cantidad de cinismo y total ausencia de vergüenza, como si fueran tales defectos provenientes de una falencia física, neuronal quizá; Darío me gritó desde allá:
—¿Si ve, Pajolfo? ¡Lo destituyeron por depravado!
¿Cómo podía seguir acosando a otro cuando él mismo llevaba una gruesa venda al lado de un ojo? Un momento ¡claro! Esa era justamente la razón. Que llevaba la venda. Lógica psicópata. Misma que le impulsó a hablarle a los directivos de mí. Sospecho que les dijo que rompió la alabarda en medio de un escarmiento que me daba a mí por pervertido. Ya saben, lectores, que él siempre lograba quedar como ‘comprometido con el colegio’. Cosas de matones.
Todo mundo me importaba un cuerno, la rectora, la psicóloga, Darío, el grueso de comunidad escolar que volteó a verme cuando él me gritó eso desde la mitad del teatro… pero que los oídos de Jenny se hubiesen contaminado de tan dañina campaña de difamación, me hacía retorcer las tripas. ¿Dónde andaría ella? Ah, sí, justamente ahí se asomaba en el escenario… ¡Válgame Dios!
Señor lector ¿Alguna vez se ha enamorado usted?
Mina Murray estaba encarnada efectivamente en Jenny Matíz. Vestía una blusa con cuello alto, entallada por un corsé y una falda verdeoliva, acampanada mediante crinolina, hecha de tul y con una abertura delantera que dejaba ver varias capas de gazas ensortijadas. Todo el vestido estaba realzado por guirnaldas y estas a su vez embellecidas por pequeños brillantes. Andaba separando la falda unos centímetros del suelo, por lo que se pudieron ver sus botas de tacón y broches. Una de sus compañeras se precipitó sobre ella con la única intención de admirarla, aunque tuvo también que sujetar el estilizado sombrero de copa, que estuvo por caer de la cabeza de Jenny. La chica se deleitó pasando sus dedos sobre las graciosas solapas curvas de la chaqueta, decoradas con motivos botánicos. Súbitamente se me había olvidado la humillación.

Y una cosa fue verla ingresando al escenario, con el teatro todavía vacío, con su vestuario apenas puesto y sus amigas gritando de emoción al rededor suyo. Pero, otra cosa, una experiencia mística, fue verla actuar.

¡Sucia! ¡Sucia! ¡Incluso el Todopoderoso castiga mi carne corrompida! ¡Tendré que llevar esa marca de vergüenza en la frente hasta el Día del Juicio Final!

Fue la última obra presentada. Eran las siete de la noche y solo restaba la presentación final, aquella del grupo base de música. Mis ánimos estaban partidos a la mitad, pero trataba de concentrarme en la mitad buena, no en el hecho de que haya visto la obra desde la gradas y no desde la posición del operador de sonido. Me había convertido en un simple espectador, cuando debería haber sido parte de la magia. Es como si la vida me recordara permanentemente cuál era mi sitio.
Todo en ese festival fue ovacionado, los bailes, la obra del Quijote e incluso la cumbia en la que tomó parte Darío. Los apartes presentados de Drácula cautivaron al público por la rigurosidad del montaje, la pasión de las actuaciones y el dedicado vestuario. La noche terminaba y con ella el año, y con el año, con toda seguridad, mi amistad con Jenny. Y ni siquiera habría de terminar bien, por culpa de Darío y su enfermiza necesidad de que los otros la pasen mal. Ya me había rendido. No había nada qué hacer, creía.
Lo primero que tocaron los del aclamado grupo base de Música fue un tema que ese año había sonado mucho: Jive Bunny Master remixes. El auditorio estalló en euforia y palmas y todos se pusieron de pie. Pero allí en medio iba yo, por la escalinata central, siendo el único que ascendía. Cuando todos buscaban acercarse al frente, yo buscaba la salida, con las manos en los bolsillos y vigilando mi pecho. Pero se apareció justo lo que necesitaba: Un matón.

11 – Luces estroboscópicas

—Qué hubo Rudolf —me sorprendió Wilson—. ¿Ahora se va a ir? Jenny está emputadísima que porque usted la dejó botada. Y ¿Ahora se va a ir? Vaya y póngale la cara.
—Pero no fue mi culpa, es que Darío…
—¡Darío vale mierda!
Bueno, eso ya lo sabía yo.
—Vaya y explíquele —siguió él— a ella lo que tenga qué explicarle. Si se va, la caga.
Levanté la cara mostrando tanta duda que casi se me sale un colmillo.
—Usted tiene mucho qué aprender —se lamentó—. ¿No sabe que si ella está emputada es porque usted le importa?

Después de unos eternos segundos de deliberación entre mi yo niño y el hombre que pedía a gritos asomarse, me decidí a volver al frente. Además, estaba impresionado por Wilson, quizá la presencia de su madre lo influenciaba y podría dejar de ser un cretino, quién sabe. A Jenny la encontré de una manera inesperada, pero que resultó muy alentadora para mí. Estaba nada menos que, a un lado de las graderías, aislada emocionalmente de la fiesta y encarando a la psicóloga. Señalaba de vez en vez al escenario. «Que me parta un rayo» pensé. En verdad quería ser como ella. Enfrentársele a una supuesta autoridad así. Yo, en cambio, estuve revisando cordones de nailon que sabía que estaban en perfecto estado. Jenny me sorprendió. Sus ojos parecían querer fulminarme. Creí por un segundo que de ellos emergería fuego y yo quedaría ahí como la mujer de Lot. Otra interpretación del grupo base de música terminó y un ensordecedor aplauso tomó lugar, cosa que pareció calmarla.
Jenny despidió a la psicóloga (tal cual, la despidió) y volvió a mirarme. Reuní el valor para aproximarme. Me dijo algo pero el ruido de las cabinas, que estaban tan cerca, impidió que yo captara lo que fuera. Me indicó debido a ello que la siguiera. Todavía llevaba puesto su vestuario de Mina, ya levemente ultrajado. Era obvio que le había retirado la molesta crinolina, pues la falda lucía ‘desinflada’, y llevaba su sombrero colgando del cuello. No había cambios por lo demás, lo que me indicó claramente que, terminada su presentación, no tuvo interés más en que rodaran cabezas por lo del sonido de su obra. En cuanto a mí, no me quedaba dignidad ni para suspirar. Jenny me precedió hasta el fondo del escenario, detrás de la pantalla de cine. El telón estaba abierto de tal modo que cupiera más gente en el escenario, razón por la que las luces en la tramoya, insignia y novedad de los músicos ese año, se reflejaban en la blancura de la pantalla de cine de manera majestuosa. Hasta yo sabía que ese estrecho corredor entre la parte trasera de la pantalla de cine y el muro trasero del teatro, era un socorrido rincón de parejas de estudiantes durante los festivales. Pero jamás creí estar allí.
—¿Por qué demonios no me ayudaste con el sonido? —tronó Jenny.
—Porque me pusieron a revisar las deco…
—¡No! Dame una razón de verdad —exigió.
—¡Esa es la verdad!
—No señor. Ése, es un pretexto, y la primera en saberlo es la rectora, que fue quien lo inventó.
Solo pude fruncir el ceño.
—Y tú también sabías que era un pretexto, obvio. Que solo querían que no estuvieras ahí en el sonido. ¡Y eso es lo peor, Rodolfo! ¡Sabiendo tú que era una estúpida excusa, obedeciste y me dejaste botada!
Eso sí me dio donde me dolía. Y al instante, cuando ella me dio la espalda y se quitó el sombrero, me dolió más todavía.
—¿No te das cuenta que el baboso que pusieron a reemplazarte no sabía nada? Pero les importó más imponer su ridícula moral que la obra.
Cuando ella dijo la palabra ‘moral’, entendí que en efecto, la habían salpicado de todo el chisme de que yo era un mirón. Quise sufrir una combustión espontánea ahí mismo.
—¿No te parece ridículo? —siguió ella— como si tarde o temprano no fueras a convertirte en un hombre —dijo, y volvió a verme.
Ya no lucía tan brava. Avanzó hacia el centro del corredor entre la pantalla y el muro, sorteando maletas de estudiantes y restos de utilería. Se veía adorable levantando su faldón sin miriñaque para darle espacio a sus pasos. Reparé especialmente en el inmenso moño que ataba su falda por atrás. Su apariencia me hacía sentir como en la era victoriana.
—Ven aquí —me dijo, y se recargó en una maleta alta.
Fui hacia ella con timidez.
—Siéntate —me invitó, palmeando una de las maletas ajenas.
—¿Cuántos años tienes?
—Once —repliqué, todavía reducido por la vergüenza.
—Yo a los once vivía en Unterföhring. Duré cinco años viajando por Europa. ¿Sabías que mi mamá es Hippie?
Yo, a duras penas tenía una referencia de los hippies a determinada apariencia física, nada más.
—No, no sabía.
—Mira que al crecer en un mismo sitio, uno se vuelve cuadrado. Pero si ve mucha gente y muchos lugares, uno aprende a ver lo propio como ajeno, y ve cosas que no veía antes. O sea que uno puede juzgar si en un sitio hacen las cosas bien o mal, porque tiene mucho con qué comparar.
Ahí estaba otra vez pintada Jenny, discurriendo como filósofa. A mí me lo parecía.
—Imagínate que aquí en Colombia, el sexo es un tabú marcadísimo y le tienen más miedo que al diablo.
¿Estaba yo detrás de la pantalla de cine en pleno cierre de festival junto a Jenny Matíz e iniciando una charla sobre sexo? Pues sí, o así lo confirmaba el dolor del pellizco que me dí en el antebrazo.
—La mente de la rectora y de la psicóloga no se diferencian en mucho de la de Darío, si le comieron ese cuento solo para hacerte quedar mal.
Jenny, quien desde que se hubo sentado no miró a parte alguna más que al reverso de la pantalla y las luces que se estiraban y bailaban en ella, al fin me miró de nuevo.
—¿Quieres desquitarte de todos? —me preguntó, cambiando el tono totalmente.
Hasta arrugó la nariz y me vio fijamente.
—De ‘todos’ ¿quienes? —al fin hablé.
—De todos. De la rectora, de Darío… —alzó los hombros—. La obra ya quedo así, y no se puede hacer nada. Pero, lo que sí podemos hacer es escupir en toda esa farsa con la que manejan todo. ¿Si me entiendes?
—Más o menos —reconocí, ya mucho más tranquilo.
—A ver: ¿Por qué Darío te hizo mofa por sorprenderte con una erección?
“Erección” era otra de esas palabras que se me hacían prohibidas.
—Porque me odia.
—No señor, él no te odia. Se odia a sí mismo, y halla consuelo torturando a otros. Y si te humilló por eso, es porque ‘eso’ es para él es algo humillante ¿Entiendes?
Respondí solo entornando la mano.
—¿Quieres que desde que salgas de detrás de esta pantalla, no vuelvas a ver a Darío con miedo sino como el patético idiota que es?
—Uff ¡Seguro que sí! —exclamé.
—Y de paso escupimos en los valores primitivos de los directivos —agregó para sí misma—. Dame tu mano.
Encantado la extendí para ella, quien la examinó.
—¿Alguna vez has tocado a una mujer?
Entendí la pregunta solo en su parte estrictamente literal. Ni siquiera imaginaba a qué se refería figurada y obviamente.

12 – Me haces tanto bien

—En Alemania, especialmente, conocí personas que me enseñaron muchas cosas —me contó Jenny, apretando mi mano izquierda entre las suyas—. Pero no eran profesores, ni tutores, ni niñeras ¡nada! Era gente inadaptada, anarquista ¡amigos de mi mamá!
Tantas palabras nuevas para mí daban un toque de miedo. Pero el efecto de sus manos acariciando la mía devastaba toda duda. Yo la escuchaba al tiempo de casi dormirme como un gato por la exquisita sensación del contacto con ella, la tibieza y la suavidad de su mano manifestándose en la mía.
—Aquí hacen un caso fiscal de que un jovencito como tú se excite. Pero ¿Sabes cuántos años tenía yo la primera vez que estuve con un hombre? Tenía doce, casi trece. Por eso para mí las cosas del sexo no son mitos. Volver a este continente fue muy duro para mí, justo por este tipo de cosas. Aquí, hasta el cuerpo humano es un tabú.
Especialmente esa última frase la dijo con amargura. Pero logró desviar el vago sentimiento de sí y volvió a mirarme y dijo:
—Contéstame. ¿Alguna vez has tocado a una mujer?

Mi entendimiento acababa de superar el nivel de lo meramente literal.
—No —repuse, casi avergonzado.
—¿Te gustaría tocarme a mí? Responde.
Yo callé.
—¿Ves? Crees que si admites que sí, estarías haciendo algo terriblemente malo. Es como te han educado. Yo pasé por ese choque hace años, y me liberaron de ataduras.
Acercó su rostro al mío y prosiguió:
—No pienses con ideas inculcadas. Sé honesto contigo. Libérate de cadenas —empezó a susurrar—. Ambos sabemos la respuesta a la pregunta. Pero quiero que seas capaz de admitirlo. ¿Te gustaría tocarme?
Pasaron unos segundos y yo seguía tratando de pensar si haría bien o mal.
—Sí, sí me gustaría —afirmé categóricamente.
Ella sonrió.
—Bienvenido al mundo libre —susurró.
No hubo más palabras. El grupo base de música empezó justo en ese instante su máxima interpretación de ese año.

Oh no tocar, peligro de muerte!
Oh no tocar! Las tibias y la calavera hacen dudar.
Me hacen ir más allá
Verte correr, verte pedirme más!
Y si volviera a nacer repetiría
Y si volviera te daría más calor…

No sé porqué imaginé que todos en el teatro estaban también retozando. Supongo que fue el nivel de la magia. Jenny tomó mi mano, la cual ya se había habituado a ser tocada por ella. Recogió todo su tupido faldón sobre sus muslos y dejó mi palma deslizarse por su piel.

Me quemas con la punta de tus dedos
Tus manos hacen llagas en mi piel
Me abrazo con tu lengua que es de fuego
La sangre hierve o
¿no lo ves ?
Que tú ya sabes que me tienes cuando quieras
Ya sabes como soy…

La palma de su mano dirigió la mía, sujetándola por el dorso, en todo momento. Yo nunca me moví por iniciativa —no habría podido—. Primero me permitió tocar su muslo, a la mitad. Mi primera impresión fue la temperatura y la suavidad, aunque también tuve qué tratar de entender el volumen. Mi mano continuó siendo guiada. La mano guía arrastró la mía más lejos de su rodilla, a donde era más suave y más tibio. Pude notar dos sucesos concatenados: Primero, que mi cara debió revelar el impacto que sufría mi pobre sistema nervioso. Y segundo, que Jenny dejó de mirarme. Puedo figurar que presintió que sin sus ojos encima mío, yo quedaría libre de lo que pudiera creer un juicio. Pues bien, funcionó, ya que me sentí todavía mejor. La presión que unía mi mano a su piel aumentó en buena medida, y aumentó todavía más cuando ella llevó el contacto al nacimiento de su pierna.

Y que calor, me gusta tu infierno
Oh que calor echa más leña al fuego que es abrasador
Ahora esta dentro de mí
Me hace sudar, me hace volver a ti

Sentí un ejército de hormigas emergiendo de la nada y marchando sobre mí. Se movían en fila a lo largo de las piernas, haciendo cosquillas muy fuertes, ascendiendo por el centro de la espalda y subiendo por la nuca. Se me formaron arroces en la espalda y en los brazos. Fue algo similar a un escalofrío, pero en una versión nueva, interesante y… rica. El hormigueo era tremendo en la hendidura entre los dedos pulgar e índice del pie. Tanto allí como en el centro de la espalda, sentía un tornillo de energía girando y entrando. No sé si once años sean poco o mucho, pero en ese tiempo jamás había imaginado que se pudiera sentir algo tan agradable. No, agradable es poco. Rico. No, rico también es poco. ¡Delicioso!
Por otra parte, tuve el impulso de arrojarme sobre ella. Pero, no de la forma en que lo haría ahora, la cual todos ustedes deben dar por sentada. Más bien quería unirme a ella, pegar mi cara a su costado y beber su aroma. Su piel había sido de lo que más me había estremecido, de solo ver, desde que la había visto por primera vez. Así que tener mi mano bajo su falda, metida en la línea que separaba su pierna de su pelvis, sintiendo el borde de su ropa interior y el inmenso calor que existía allí, el cual ni siquiera
habría imaginado antes; me provocaron no solo de tacto sino de gusto. Quería comerme su piel como si fuera fruta. Obvio, no me moví. En mi cabeza había una tormenta. ¿Cómo no?

Y si volviera a nacer repetiría
Y si volviera te daría más calor

No te vayas a asustar —me susurró sin mirarme.
¿Qué quería decir? ¿Por qué habría de asustarme?
Acércate más.
Su tono de voz estaba salido de lo normal. Hablaba muy bajo, claro y relajado. Una combinación que nunca había percibido. Fue la primera vez que tuve contacto, de paso, con la sensualidad.
—Acércate —insistió.
Me haló la mano y me obligó a ganar proximidad. Al acercarme esos pocos centímetros, nuevas sensaciones afloraron como volcán. Percibí un aroma en ella que, como todo lo demás que estaba ocurriendo, no me esperaba ni imaginaba. No sabía de su existencia. Era un aroma que obvio, puedo describir solo ahora que soy un señor. Pero en aquél momento, se me hizo una fragancia que no podía provenir de nada artificial. Podía equipararla al olor del sudor. Las ideas chocaban y explotaban en mi cabeza. Tendría que aceptar que dicho aroma espeso y carnal era tan delicioso como todo lo demás.
El decidido jalón a mi mano condujo a su entrepierna. Al llegar ahí, mi mandíbula temblaba, pero no de miedo. Temblaba igual que cuando es por miedo, pero el descontrol procedía de otra fuente. Sus panties se sentían en mi palma de manera brutal. Fue como si, toda la vida la hubiese pasado yo en una prisión y de repente hubiese sido liberado y arrojado en el jardín del edén. Para usted y yo, lector, no cabe duda en el porqué. Pero para mí, a los once, comprobar de forma tan abrupta que entre las piernas de una mujer está lo más deseado y ensoñado, fue algo surreal. Lo arcano, lo recóndito, lo íntimo, lo estrecho y cálido. Tanto que quisieras quedarte ahí, como si fuera la fuente de la vida —de hecho, lo es—. No por nada digo “jardín del edén”.
Entonces Jenny dijo una última cosa, con el tono más desternillante que usó aquella mágica tarde-noche, bajo las luces estroboscópicas jugueteando en la pantalla de cine. Lo dijo aún más bajo y relajado que lo de antes. Casi sin mover la boca, como si hablara dormida. Lo que dijo fue:
—Toca —
seguido de lo que me pareció un suspiro.
Usó su mano para presionar la mía contra su sexo. La sensación de erupción llegó a mi ombligo y me pareció que sobre él había algo moviéndose. Me estremecí, literalmente. Una ola nació en mi coxis, recorrió mi espalda y se estrelló violentamente sobre mi nuca. Hasta entonces me di cuenta de que tenía una erección que, en comparación con las que había tenido en mi vida, podía calificar de [erección] ‘de verdad’, procurada con tanta fuerza que sentía la tensión desde atrás. ¿
Cuántas sensaciones nuevas se pueden tener en…? ¿Cuánto tiempo había pasado?

13 – El recuerdo

Ella había dicho “no te vayas a asustar”, y la razón era simple. No planeaba que todo terminara con mi mano encima del parche de su panty. Fue cuando el grupo terminó una canción más y el público estalló en aplausos. Las luces blancas se apagaron y todo se cobijó en penumbra. Era parte del espectáculo, pues habían planeado tocar un último tema que, por ser romántico, requirió de tal ambientación. Cantaron:

Quiero beber los besos de tu boca
como si fueran gotas de rocío,
y allí en el aire dibujar tu nombre junto con el mío.

De Jenny solo podía ver su perfil delineado por un borde luminoso y los pálidos reflejos de las erráticas luces de colores. Ella bien decidió no mirarme, pero yo, en cambio, no pude resistir mirarla cómo arqueaba la espalda y estiraba el cuello. Tenía el ceño tenso, además. Y, el calor seguía subiendo. Usó su otra mano para halar su panty.

Y en un acorde dulce de guitarra
pasear locuras en tus sentimientos,
y en el sutil abrazo de la noche sepas lo que siento.
Que estoy enamorado y tu me amor me hace GRANDE
que estoy enamorado, y que bien y que bien me hace amarte.

Mi cara estaba cómo había deseado hacía rato: Recargada en su costado, respirando su fragancia. Al halar su ropa íntima a un costado, todo se multiplicó. Ese aroma confuso, el calor y mi eléctrica reacción. Pegué mi frente a su cuerpo. Bien han hecho en comparar las sensaciones del placer y el dolor, como opuestas pero de la misma liga. Como el amor y el odio. Son opuestos pero ambos son sentimientos. A través de mi cuerpo y mente pasaba tal cantidad de energía que bien parecía dolor. Pero evidentemente no lo era, más bien era algo absolutamente nuevo para mí. Nunca debe haber existido un hombre que haya tocado una vagina por primera vez y no se haya asombrado a niveles místicos. Nunca es como uno lo imaginaba. Hermoso don del sexo, regalo de la vida, concebido para amar. Jenny usó dos dedos para doblar uno de los míos y luego lo empujó por el nudillo. Toda la vastísima avalancha de sensaciones tenidas hasta ese momento resultó ser solo el camino a una cumbre insospechada en majestuosidad e impacto.

Dentro de ti quedarme en cautiverio
para sumarme al aire que respiras,
y en cada espacio unir mis ilusiones junto con tu vida.

Las luces del teatro encendieron. Hubo un prolongado aplauso que, como todo lo que había sucedido allí tras la pantalla, tuvo irremediablemente qué mermar y extinguirse.
Tal como lo predijo ella, al salir de ese corredor formado por el reverso de la pantalla y el muro trasero del teatro, yo sería otro. No veía nada igual, ni a los demás, ni a los objetos ni al edificio. Y sobre todo, no me veía igual a mí mismo. Sentía, por lo menos físicamente, un peso inusual en el pubis.
Jenny me había pedido que saliera primero, y emergí de nuestro escondite con la cara más festiva que haya tenido. Prácticamente flotaba. Se me hizo que había demasiada luz y seguro encogí los ojos. No tenía paz, estaba lejos de estar en paz. Quedaría en shock por varios días, repitiendo en mi mente aquellos cortos e inolvidables minutos. Di un par de pasos, todavía parpadeando a ojo apretado por haberme deslumbrado. Jenny apareció al fin y se detuvo a mi lado.
—Adiós, Rodolfo.
—Adiós, Jenny.
Siguió su camino. Era la primera despedida ‘para siempre’ de mi vida. Por eso, no noté que lo era. Solo la contemplé unirse a sus compañeros de grado undécimo que la aguardaban en el escenario. Alcancé a entender que le dijeron «Uich ¿dónde estaba metida?». El grupo estaba sumergido en un aire de júbilo y nostalgia que hasta a mí me llegaba. Tras la llegada de Jenny se abrazaron formando un círculo que se batía hipnóticamente. Parecían arrullarse unos a otros. Alguno emitía palabras que no pude entender, aunque capté en su vibra que casi destilaban llanto e igual lo invocaba en los otros. Llené mi pecho de aire y me dije a mí mismo «Me van a parecer siglos para llegar allá. Pero cuando llegue allá, me parecerá que todo pasó en segundos». Exhalé y retomé el camino que hacía rato llevaba, escaleras arriba. Y como la vez anterior, me encontré a un matón. Era Darío. Dijo algo, pero por más que lo analizo e intento recordar, no puedo saber qué fue. Simplemente acababa de perder la capacidad de oírlo. Sentí mucha pena por él, y más cuando seguí escalas arriba y seguía tratando de obtener mi atención sin ningún éxito.

Al día siguiente, con la mente un poco más despejada, deduje con un palmo de narices que no había oportunidad de volver a ver Jenny. El estado en que salí de detrás de la pantalla fue casi narcoléptico.
—¿Y a qué demonios quiere ir a la graduación? ¿Se enloqueció? —tronó mi madre.
Pero no estaba loco. Estaba enamorado y de hecho, obsesionado. Pero nada hubo que pudiera hacer para asistir a la ceremonia. No tenía plata, ropa, invitación ni permiso de mi madre para ir. O sea que ¡seguía siendo un niño! Solo que recibí un regalo de un ser celestial para que cambiara mi forma de ver la vida y no fuera a crecer con la mente encarcelada. Y en efecto, jamás volví a ver a Jenny Matíz. A menos que por ‘volver a verla’, valga una búsqueda en Facebook en 2002 o 2003, no sé. Ni siquiera recuerdo bien al día de hoy qué fue lo que vi. Tengo la teoría de que mi mente prefirió quedarse para siempre con el recuerdo de esa noche de festival de danzas y teatro, sobre cualquier otro.

Fin

𝙴𝚗 𝚕𝚊𝚜 𝚒𝚖𝚊́𝚐𝚎𝚗𝚎𝚜: 𝙲𝚊𝚛𝚕𝚊  𝙶𝚒𝚛𝚊𝚕𝚍𝚘

Nota del autor

Agradezco inmensamente a quienes hayan leído mis relatos, a quienes hicieron posible que los publicara y a las gentes que inspiraron a tantos personajes. El amor con que escribí flota en el universo ahora, y estando este allí, no tengo más qué hacer. No sé si vuelva a escribir porque el infierno se ha desatado en este planeta, y sabiendo que las pasiones, como el escribir, atan el alma al mundo; prefiero renunciar a ello.

Love and light for all!

2 thoughts on “Jenny 1995

  1. Este relato tan bien ambientado retrotrae a tiempos pasados, situaciones que dábamos por normales, el miedo por el sexo, el morbo de lo prohibido, los matones, el bulling y esa chica que siempre estuvo allí por encima de nuestras posibilidades pero fuente inspiradora de nuestros deseos mas carnales. Me ha parecido excelente y pornográficamente perfecto …

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